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Todo por la belleza

Con doctorado o sin doctorado, solteras o casadas, jóvenes o maduras; todas y todos buscan la crema mágica que borre las arrugas y los procedimientos que detengan o retarden el envejecimiento / Por Amalia Panzarelli

Benjamín Franklin, inventor del pararrayos y coautor de la declaración de independencia de los Estados Unidos, aplicaba el análisis de costos y beneficios en su vida. En 1772, escribió lo siguiente:

Cuando surge un caso difícil mi manera de superar esta cuestión es dividir una hoja de papel por la mitad y formar dos columnas; de un lado escribo las ventajas y de otro las desventajas. Luego coloco las diferentes razones debajo de los títulos (…) me esfuerzo por calcular el peso respectivo de cada una; si descubro que hay un motivo que parece similar en ambas columnas, lo tacho. Si un motivo a favor coincide con dos motivos en contra, tacho los tres (…)y así sucesivamente hasta encontrar el equilibrio (…) luego por comparación analizo el conjunto de motivos y así puedo tomar una decisión más sensata“.

Todos realizamos análisis de costos y beneficios cotidianamente en nuestras vidas, de manera que este concepto aplica no sólo a la industria y comercio.

No obstante, esta visión relativamente simple, tiene ramificaciones complicadas y las ventajas y desventajas a las que se refería Benjamín Franklin no siempre son obvias ni fácilmente calculables o aisladas.

¿Por qué traer este concepto a relucir? Los dermatólogos que tenemos más de veinte años en el ejercicio de la especialidad hemos vivido -en ocasiones con asombro- los cambios de la misma; pasamos de ser especialistas encargados de diagnosticar y tratar enfermedades dermatovenéreas a tratar problemas estéticos. Una especie de boom cosmético mundial se ha reflejado en varias especialidades médicas, principalmente en dermatología y cirugía plástica.

Tenemos una elevadísima demanda de consultas estéticas y ello ha traído un aumento del número de especialistas dedicados mayormente a esta disciplina, a la par de un sin número de congresos y cursos con amplia difusión de procedimientos y opciones terapéuticas.

La dermatología cosmética encuentra sus orígenes alrededor del año 1957 con Albert Kligman; desde esa fecha hasta hoy ha experimentado grandes avances y se ha posicionado de tal forma que es un campo que hoy ejerce un rol fundamental en nuestra especialidad en todos sus ámbitos (2), fue lo que Wolff denominó la “dermatología basada en la apariencia”.

Ahora los pacientes de una vez preguntan por “el láser”, como algo aplicable a todo, los peelings, lifting, blefaroplastias, radiofrecuencia, toxina botulínica, materiales de relleno, microdermoabrasión, lipoimplantes, plasma rico en plaquetas y más.

En las primeras de cambio, nadie se detiene a preguntar por costos-beneficios, ni en los efectos adversos y riesgos. Todos los procedimientos mencionados, aún los considerados más seguros por disponer de una experiencia un poco más amplia en su aplicación, pueden causar reacciones adversas inmediatas y tardías, las cuales generalmente no son atendidas por el cultor o cultora original.

Quiero aclarar que no me disgusta la idea de mejorar la apariencia física, este boom ha brindado a los dermatólogos la oportunidad de diversificar sus consultas y sus ingresos y de conocer nuevas técnicas y terapéuticas; pero también nos ha traído gravísimos  problemas como el aumento del intrusismo médico, el ejercicio ilegal de la medicina y la mala praxis.

El doctor Wolff lo avizoró y reportó en 2003, expresando lo siguiente: “el llegar a ser un dermatólogo clínico suele requerir años de práctica clínica, al igual que para aprender a ser competente en dermatología y dermatopatología. Pero se necesitan solo pocos meses para ser capaz de utilizar adecuadamente los láseres, sólo algunas semanas o incluso días para aprender técnicas de relleno, de peeling y sólo se requieren de algunas horas para aprender a administrar inyecciones de toxina botulínica.

Cualquier persona puede aprender ello ya que requieren escaso esfuerzo y generan buenos ingresos. Esto ha traído intromisión en la dermatología por parte de otras especialidades y mayor es el vacío que se crea en la dermatología tradicional.

Todo esto repercute y es perjudicial para la especialidad, y también dará lugar a un retroceso en la dermatología clínica académica. Si no somos necesarios en casos de enfermedades sistémicas, no seremos necesarios en absoluto”.

Una reflexión que no debemos dejar que se la lleve el viento, y quizás ahondemos sobre ello en un editorial futuro.

Con doctorado o sin doctorado, solteras o casadas, jóvenes o maduras; todas y todos buscan la crema mágica que borre las arrugas y los procedimientos que detengan o retarden el envejecimiento.

Eso no es criticable siempre que se mantenga un equilibrio, pero la realidad es muy distinta. ¿Por qué esa búsqueda frenética de un ideal externo de belleza? ¿Por qué mujeres y hombres luchan contra la naturaleza y buscan contener los efectos del paso del tiempo? Nadie parece tener la respuesta exacta.

La doctora Tuneu cree que muchos países viven en la “sociedad del bienestar”, donde las necesidades básicas están cubiertas y “por lo tanto deseamos vivir con una mayor calidad de vida, lo cual incluye un aspecto físico adecuado”. Pero, ¿es esto aplicable a países subdesarrollados o tercermundistas?, países con grandes carencias sanitarias y sociales donde precisamente esa sensación de bienestar es contradictoria pero que sin embargo se invierten grandes sumas de dinero para lograr esa “buena presencia”.

Deben existir otras razones más complejas. La obsesión por la belleza no sólo se refiere a un problema de autoaceptación o autoestima; las sociedades a través de su historia y evolución han tenido un canon de belleza, el cual va cambiando culturalmente en el tiempo.


Acerca de Dra. Amalia Panzarelli

Médico Cirujano de la Universidad Central de Venezuela, Escuela Luis Razetti. Especialista en Dermatología y Sifilografía, Hospital Universitario de Caracas. Médico residente adscrito al Servicio de Dermatología del Hospital Universitario de Caracas. Recibió el Premio Dr. César Lizardo 1994, otorgado por la Sociedad Venezolana de Dermatología. Dermatólogo (Especialista II) en el Hospital Dr. José Ignacio Baldó, Caracas. Editora de la Revista Dermatología Venezolana (2008-2012). Actualmente se desempeña como Dermatólogo en la Clínica Vista Alegre, Caracas.

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