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La ignorancia

“Ignorancia es todo lo que no sabemos, y aún lo que no sabemos de lo que no sabemos. Es la fuerza motriz de la ciencia”, Stuart Firestein, profesor de Biología de la Universidad de Columbia (NYC)

Una experiencia docente, hace muchos años, muy parecida a la del profesor Stuart Firestein me estimula a escribir este artículo.

Nos dice Firestein en su reciente y magistral libro Ignorance (Oxford University Press, 2012):  “… como docente, usted desea sonar con autoridad y quiere que sus clases sean informativas, por lo tanto tiene la tendencia de llenarlas con muchos hechos conectados con unos pocos conceptos importantes. El resultado, sin embargo, era que para el fin del semestre empecé a percibir que los estudiantes habían captado la impresión que prácticamente todo ya se había descubierto en la neurociencia.  Nada era más erróneo.  Yo había, al enseñar este curso diligentemente, dado la idea a los estudiantes que la ciencia es una acumulación de hechos.  También falso.

Cuando me siento con unos colegas a tomarme una cerveza en alguna reunión,  no revisamos los hechos, no hablamos de lo que es bien sabido; hablamos acerca de lo que desearíamos saber, acerca de lo que necesita hacerse.  En una carta a su hermano en 1894, cuando recibía su segundo doctorado, Marie Curie escribió: `Uno nunca se da cuenta de lo que ya se ha hecho, uno puede solo ver lo que resta por hacerse …’

Este elemento crucial de la ciencia era dejado de lado por los estudiantes. La parte no realizada de la ciencia que nos lleva temprano al laboratorio y nos mantiene allí hasta tarde, lo que‘turns your crank’, la verdadera fuerza motriz de la ciencia, el entusiasmo por lo desconocido, todo ello está ausente de los salones de clase.  En resumen, estamos fallando en enseñar ignorancia, la parte más crítica de toda la operación.”

La lectura de estos párrafos me retrotrajo a mis primeras experiencias como docente en dermatología en el Hospital Vargas de Caracas en los años 50 y 60 del pasado siglo.  Venía de especializarme en los Estados Unidos, en cuyo país el sistema de enseñanza privilegia el diálogo entre profesores y alumnos, en vez del  magister dixit tan establecido en muchos países europeos e imitado en América Latina.

De hecho, en este segundo caso, existe la sensación de que las preguntas de los estudiantes ponen en duda los conocimientos y autoridad del profesor, por lo que los estudiantes se inhiben de hacer preguntas que pudiesen ser embarazosas al docente y suscitar animadversión de su parte.

Al terminar mi exposición de una hora de duración de algún tema de la especialidad a grupos reducidos de alumnos del último año de estudios médicos, siempre inquiría si tenían alguna pregunta, si existía alguna duda sobre lo expuesto.  Silencio absoluto era siempre la respuesta obtenida.

Se me ocurrió entonces una estrategia para despertar la curiosidad de ese tan pasivo auditorio: reducir mi exposición sobre el tema programado a 50 minutos y dejar los últimos 10 minutos para comentar alguna novedad de lo último que estuviese leyendo en ese momento.

Al ponerla en práctica, me di cuenta que efectivamente esa estrategia daba ciertos resultados y estimulaba a los estudiantes. Aunque era realmente difícil descartar una rutina tan enraizada durante tanto tiempo.  Mi insistencia por establecer ese diálogo constructivo produjo el resultado que los estudiantes se franquearan conmigo y expresaran libremente su pensamiento.

Mi gran sorpresa fue que, mayoritariamente, la conclusión que sacaban de mis charlas era que ya todo estaba ya bien descubierto y establecido y que ya no había necesidad de investigar nada nuevo.

Para tratar de convencerlos de que era precisamente lo contrario lo que realmente sucedía, se me ocurrió recurrir a un símil geométrico bidimensional y dibujando con tiza un gran círculo en el pizarrón les expliqué que imaginásemos por un momento que todo lo que estaba dentro de la circunferencia eran los conocimientos adquiridos hasta el presente y que esa línea representaba el límite entre lo conocido y lo ignorado (dentro… lo conocido; fuera… lo ignorado).

Como los conocimientos aumentan todos los días, el diámetro del círculo aumentaba en la misma proporción, vale decir, la circunferencia crecía, lo que significaba que el límite con lo desconocido aumentaba.  En resumen, cada nuevo descubrimiento creaba nuevos interrogantes, es decir,  aumentaba nuestra ignorancia.

De modo, que bienvenido este libro Ignorance destinado al elogio e importancia de la ignorancia, y demostrar el valor de cultivarla, como motor de nuestra curiosidad en aprender, descubrir y avanzar.

Acerca de Francisco Kerdel Vegas, dermatólogo

Médico dermatólogo. Embajador y académico recibió Premio Martín Vegas de la Sociedad Venezolana de Dermatología. Individuo de Número de la Academia de Ciencias Físicas y Matemáticas de Venezuela (Sillón XIII, 1971). Doctor en Ciencias Médicas de la UCV. Vicerrector Académico (fundador) de la Universidad Simón Bolívar. Fue elegido directamente Individuo de Número de la Academia Nacional de Medicina Sillón XXIV en 1967, incorporado por su trabajo "Autorradiografía en Dermatología".

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