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La Esencia de Vivir – Capítulo 8

   Mujeres amadas y estimadas. Significado vital

      Como es costumbre en otros lugares, hay momentos en que conocidos y amigos se reúnen para platicar sobre lo humano y lo divino. Se dio el caso, que uno de los asistentes más locuaces, dirigiéndose a Juanjo le dijo:

— ¿Cómo valoras el papel que han jugado en tu vida las mujeres que has conocido y tratado?

—Pues te puedo asegurar que las valoro muy especialmente, aunque no a todas de la misma forma —matizó Juanjo   —. Siempre he pensado que en el momento en que toca recolectar los frutos de ese intercambio a lo largo de la vida, tienes la sensación de haber sembrado algo importante. Ahora que lo preguntas, tengo la percepción de que me he relacionado con muchas, y desde luego ha resultado una experiencia hermosa. Algunas son familiares y me unen a ellas vínculos de consanguinidad, otras no, y de todas éstas últimas, se destaca muy especialmente mi mujer de siempre Magali; es con seguridad la que más me ha marcado.

Mi madre, trasladándose desde España e instalada en Venezuela, se hizo cargo del mando del hogar y amplió su descendencia. Primero llegó una niña y más tarde temporalmente de retorno en España, su último hijo. Fue una mujer admirada por todos y complaciente, más con unos que con otros.

A la esposa la conocí durante la celebración del matrimonio de un hermano suyo. Formaba parte del cortejo que acompañaba a la novia y cuando la vi entrando a la iglesia, percibí la llegada de una verdadera princesa.

—Y ya que te referiste a tu esposa, —terció Florian, uno de los tertulianos; háblanos de ella.

Magali es de estatura mediana y con un cuerpo que no se adivinaba de un todo, debido al vestido de fiesta que la engalanaba. Sí me llamó la atención   su   cintura  de  avispa.  La  falda  a  tres  cuartos  dejaba en evidencia unas piernas muy bien torneadas y su caminar era parsimonioso por imposición de la ceremonia, pero de todas formas se adivinaba la gracia y cadencia armoniosa de sus movimientos. Su cara era un primor: tez blanca, ojos de ensueño, boca exquisitamente carnosa sin serlo en exceso, y unos pómulos tenuemente prominentes que le daban carácter a su expresión. Cabello lacio, negro y suelto, exceptuando un par de ganchos floreados colocados a cada lado. Una torera escondía sus senos, que en modo alguno me defraudaron cuando tuve la oportunidad de bailar con ella.

—No recuerdo qué hice para enamorarla, —comentó Juanjo subiendo los hombros. Ella siempre me insiste que no resultó nada fácil. Yo eso no lo recuerdo (o no quiero recordarlo, da igual). Lo cierto es que fui acogido favorablemente por su familia.

Nos casamos una mañana del mes de mayo de 1959 en la Iglesia de un municipio de Caracas, Chacao. Nuestra luna de miel la disfrutamos viajando por Europa durante tres meses. Algo irrepetible.

—Óyeme Juanjo, —Dijeron los tertulianos casi al unísono. ¿Y a quiénes consideras tú las otras mujeres de la familia?— Hemos quedado prendados de tus vivencias con la princesa. Continúa, por favor.

—Las otras mujeres de la familia incluyen a mi suegra, a mi hermana, mis cuñadas, mis sobrinas y naturalmente mis nietas. Cada una ha jugado un papel distinto en mi vida y recíprocamente, yo he incidido de alguna forma en el quehacer vital de ellas. Todas ellas han disfrutado de mi más sincera estima y en reciprocidad he recibido un trato exquisito cumpliendo el rol de pariente merecedor de un calor humano muy especial.

—Bueno Juanjo ¿cómo haces para recordar tantos detalles de relaciones tan diversas y desde hace tantos años?—.       —Le preguntó intrigado uno de los tertulianos.

—Te diré algo antes de contestarte— replicó Juanjo. Al tomar conciencia de lo que para mí ha significado lo relatado, he tenido una sensación de plenitud difícil de explicar. Hay individuos que pueden explicar sus conquistas, pueden dar cuenta de los detalles y agregar el necesario morbo para que no resulte aburrido. Las novelas están llenas de relatos con ese contenido y es lo primero que se piensa cuando alguien va a hablar de las mujeres de su vida. Como pueden apreciar en este caso, también son mujeres, muchas de ellas felizmente casadas, que han mantenido una relación recíproca de otra naturaleza. Si se quiere excitante pero en otro sentido. De por medio hay intercambio de sentimientos, comunidad de propósitos o simplemente el poder compartir con discreción y respeto un encuentro, una cena, ir juntos a un concierto o conversar sobre la familia, los amigos, sobre la situación política, sobre cómo marcha este mundo, en fin sobre lo divino y lo humano.

La respuesta convencional es que los seres humanos recuerdan sus experiencias vitales, sobre todo las que han sido trascendentes. Son eventos importantes por sus consecuencias. Cuando se actúa, cuando se atiende un requerimiento, cuando se intercambian sentimientos y cuando se destacan los logros de otros, encarnan una valoración muy personal. Todo ello se va sumando y en buena medida eso forma parte del acervo personal en el sentido de un conjunto de bienes morales.

 

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Foto: google.com

Acerca de Dr. Pedro J. Grases

Médico Patólogo con más de 50 años de experiencia. Formado en los EE.UU. (Michigan y Armed Forces Institute of Pathology), dedicado a la docencia, a escribir e investigar. Ha trabajado en diversas universidades de Europa (en Friburgo y en Oxford) y en los EE.UU. (U.de California del Sur). A partir de 1990 estuvo al frente del Servicio de Anatomía Patológica de USP Institut Universitari Dexeus en Barcelona. Retirado a partir de 2007, se dedica ahora a escribir, a dar conferencias en su condición de cronista de la Ciencia y a cultivar con más esmero su afición por la fotografía.

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