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La Esencia de Vivir – Capítulo 6

Al margen de una educación formal

    En la carretera trasandina del macizo montañoso al oeste de Venezuela se encuentra un poblado, “La Grita”, ubicado entre la capital del Estado Mérida y la capital del Estado Táchira.

     —¿Qué se ha sabido de los hermanos Camacho?— comenta alguien conocedor de esa pintoresca población.

    —Sabrás que uno de ellos, Elías, falleció siendo relativamente joven, aparentemente de un cáncer sin remedio, respondió un vecino. Es recordado por su labor intelectual y cuidaba con esmero un pequeño museo que había creado con su esfuerzo. Su oficio principal consistía en escribir. Autodidacta de valía, ya que escribía prosa y poesía, sin haber cursado estudios formales. Su caligrafía era exquisita y muy elaborada. Daba gusto leer sus creaciones ensoñadoras, pero a la vez llenas de gran vigor patriótico. Elías era un gran lector y conservaba sus libros como si fuesen joyas. Con los años fue recolectando artículos usados y viejos a la usanza de un brocanter pero sin fines comerciales; más bien los coleccionaba. Algunos objetos eran tan viejos que podrían corresponder a piezas propias de un anticuario. Una de ellas era una dracma (antigua moneda griega) que encontró en un lugar pedregoso en el entorno inmediato del pueblo. Lo conservaba como una joya y estuvo durante mucho tiempo investigando como llegó desde la Grecia antigua, sin encontrar respuesta.

Dracma encontrada en un terreno pedregoso adyacente al Pueblo

Dracma encontrada en un terreno pedregoso adyacente al Pueblo. Museo de La Grita, población andina del Estado Táchira, Venezuela

     —Su hermano José se trasladó a Caracas para probar fortuna, sin demasiadas expectativas. Fue adquiriendo conocimientos basándose en la experiencia, Pasó el tiempo y se destacó por ser un joven respetuoso, responsable y siempre dispuesto a prestar ayuda. Consiguió trabajo en el Museo de Bellas Artes de Caracas y muy pronto fue incorporado a la nómina como un trabajador fijo. Comenzó en labores de limpieza, cuido del jardín y pequeñas tareas que le eran encomendadas por sus superiores. Un buen día se presentó la oportunidad de que colaborase con el traslado de una sala a otra de una exposición retrospectiva de un conocido pintor. En sus ratos libres, José había puesto atención en la forma como se manejaban los expertos para los traslados y tenía en su mente la secuencia de precauciones que se tomaban para evitar el daño de los lienzos.

Se convirtió en un conocedor del arte pictórico, con énfasis en todo aquello que tuviese que ver con la conservación, embalaje y traslado de cuadros de un sitio a otro. Nunca cursó estudios formales. Un verdadero autodidacta. Gozaba de un reconocido prestigio y era muy apreciado.

     —Oye José—, —danos una mano que hoy no ha venido Matías. Estamos fallos para terminar esto a tiempo—. Justamente se trataba de transportar unos cuadros y la verdad es que José se esmeró en que su colaboración fuese la mejor disponible.

    — Este muchacho es listo y responsable, comentó el capataz, encargado de distribuir las obras y colgarlas.

    — ¿Te atreverías en ayudarnos a colgarlas?

    —Con gusto, me encanta poder ayudar y de paso disfrutando de lo que voy viendo. Desde luego que lo que hay aquí son verdaderos maestros de la pintura, comentó José satisfecho.

Se involucró muy estrechamente con lo que tiene que ver con las diversas etapas del montaje de una exposición. Desde recibir los cuadros embalados (en ocasiones provenientes del exterior), hasta desembalarlos, revisar los posibles daños, pintar las paredes con el color adecuado y colaborar en la distribución de las obras y colocación de las mismas. Basándose en sus instintos y en lo que empíricamente fue adquiriendo para convertirse en un valioso experto.

Cuántas veces se conocen golpes de suerte que cambian la vida de una persona o al menos condicionan ajustes favorables para su devenir. Tener suerte, en este caso buena suerte, consiste en un evento inesperado, que llega muy cerca o justo en el momento apropiado e inclusive en el sitio más idóneo.

José se convirtió muy pronto en pieza fundamental en una prestigiosa Sala de Arte, la Galería Durbán. Merecida promoción, pensaron todos. Cuando hizo falta trasladar cuadros a Miami para una sucursal de la galería, fue él el responsable del traslado y montaje de las obras. La voz fue regándose y empezaron a llegarle encargos de la más diversa procedencia. En el desempeño de ese oficio, logró viajar varias veces al exterior.

Una vez consolidada su posición, se enamoró y decidió casarse con una mujer leal y cariñosa. Ha tenido dos retoños. La mayor estudia arte y el menor hace unas esculturas ingenuas que son una maravilla. Es posible que estas habilidades que destacan a su descendencia, tuviesen algún ingrediente genético vinculado al arte y a la cultura. No sería el primer caso.

José, a pesar de su cambio de estatus, continua siendo una persona humilde, dedicada, respetuosa, sin resentimiento alguno por su condición social de origen humilde y especialmente agradecido con aquellos que le dieron apoyo.

Acerca de Dr. Pedro J. Grases

Médico Patólogo con más de 50 años de experiencia. Formado en los EE.UU. (Michigan y Armed Forces Institute of Pathology), dedicado a la docencia, a escribir e investigar. Ha trabajado en diversas universidades de Europa (en Friburgo y en Oxford) y en los EE.UU. (U.de California del Sur). A partir de 1990 estuvo al frente del Servicio de Anatomía Patológica de USP Institut Universitari Dexeus en Barcelona. Retirado a partir de 2007, se dedica ahora a escribir, a dar conferencias en su condición de cronista de la Ciencia y a cultivar con más esmero su afición por la fotografía.

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