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La conducta delictiva

La conducta delictiva se aprende. No siempre ocurre a causa  de la alteración de una estructura de la personalidad, ni de los instintos agresivos, o apegada a la teoría genética que engendra una “mala semilla”,  sino más bien a un modo de pensar que  se desvincula de la moral.

El antisocial  no procesa los valores morales; es incapaz de comprenderlos. Le es imposible mostrar el más mínimo interés en la tragedia o la alegría.   Tampoco le conmueven  la bondad  o  el horror  y hasta el sentido del humor pierde significado.

Nada en su conciencia existe que pueda parangonarse con estos conceptos. Si no cumple ni sus propios pactos, el espacio moral es caída libre. Uno de los orígenes de la conducta delictiva es la subcultura del código de honor   que depende de cómo los perpetradores ven a las personas que aniquilan.

Las desviste de sus  cualidades humanas  – como lo hacían los griegos cuando llaman a sus víctimas “gusanos” “infrahumanos “   “salvajes”,   “degenerados”   – sin tomar en cuenta  sus  sentimientos  y anhelos.  

Estos eufemismos ponen en marcha un proceso de deshumanización hasta  culminar en hechos espantosos.   Justificados por medio del mecanismo del lenguaje,  los actos abominables se activan selectivamente, y al mismo tiempo se minimizan o ignoran las sanciones o consecuencias nocivas;  las cuales en nuestro país  son casi inexistentes.

Desde la perspectiva del perpetrador,  éste se percibe víctima de un  enemigo hostil y  opresor. Amparado por el anonimato su responsabilidad es difusa y va acompañada con frases internas tales como  “nadie sabe quien soy, y a nadie le importa”.  Monólogos que le dan permiso para exhibir nuevas formas inéditas de terror.

La insensatez de las acciones crueles conduce a una aberrante desvinculación moral, el lado oscuro de la naturaleza humana. Sin pensar en el enunciado y el alcance de sus actos estos seres se guían por un encrespado estado emocional y por los estímulos que disponen del ambiente: las armas de fuego,  las sustancias que alteran el psiquismo y la obediencia ciega a una autoridad.

Además de invertir más recursos en contratar policías e idear sentencias sería eficaz preparar programas de prevención temprana, sobretodo dirigido a niños y adolescentes, mucho antes de que la conducta delictiva  se imite y ensaye repetidas veces con prácticas  cada vez más desalmadas.

No cabe duda de que la deserción escolar o expulsión de los estudios,  las relaciones sociales desarticuladas y los pensamientos de venganza e ira son fuente del delito.  Más peligroso todavía es cuando esa conducta delictiva llama la atención de quien la observa en los medios sociales, prensa, radio y televisión,  cuando se describe al detalle el crimen o acto delictivo, cuando se dice como se lleva a cabo desde un comienzo hasta el final y cuando  se muestra el elevado grado de impunidad y el fácil acceso a las recompensas.

La conducta delictiva  tiene un profundo impacto en la salud mental; algunos autores  utilizan el término Síndrome del Estrés Pre-Traumático  debido al estado prolongado de preocupación ante la propia vulnerabilidad.

La fuerza de los sucesos de violencia  radica  en  la confusión, la incertidumbre y el desamparo que ocasionan.  A medida que crece la inseguridad se presta menos atención a las causas y bajan los índices de actuación para prevenirla.  Así se debilita el sentido de comunidad y la población plagada de dudas sobre sus propias capacidades carece de la firmeza para afrontar los retos de la delincuencia.

Desde la teoría social cognitiva las comunidades son responsables de forjar sus propias experiencias y  moldear los hechos. La eficacia colectiva es factible y puede llegar a ser la base de una gerencia  humana sustentada en la reciprocidad que existe entre  el propio sistema de creencias y la modificación del  medio ambiente. 

Una epidemia de violencia, aparte de la persecución de gente anómala, tiene como prioridad establecer las condiciones sociales adecuadas a fin de prevenir nuevos actos delictivos extraordinariamente atroces. Para empezar,  se controla por medio de coaliciones, objetivos concretos y utilizando los conocimientos comprobados experimentalmente que aporta la metodología de las ciencias del comportamiento.

Acerca de Felicitas Kort, psicóloga clínica

Licenciada en Psicología Magna Cum Laude de la Universidad Católica Andrés Bello. Post-Grado en Psicología Clínica. Especialización en Psicoterapia Conductual, realizada en la Universidad de Temple, Eastern Pennsylvania Psychiatric Institute, Filadelfia, Estados Unidos. Fue profesora de la cátedra de Psicología Clínica de la Universidad Católica Andrés Bello. Profesora de Psicoterapia Conductual en el Postgrado de Psiquiatría y Psicología Clínica, Hospital Psiquiátrico de Caracas, Universidad Central de Venezuela. Recibió la condecoración "Honor al Mérito" por la Federación de Psicólogos de Venezuela.

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