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El médico y el paciente: metamorfosis de una relación

“El médico rara vez cura, alivia en ocasiones, pero consuela siempre”

Este epitafio de 14 siglos de antigüedad inscrito en la tumba del Trudeau en Saranac, plasma la importancia del trato humanitario en medicina; veremos cómo prejuicios científicos posteriores han restado valor humano a la interacción de un médico con su paciente y por ende, a la razón de ser médico.

Apolo fue considerado el Dios de las Plagas y de las Enfermedades en sus diferentes formas. Inventó la Medicina y la transmitió a su hijo Esculapio (Asclepios). Fue defensor de la moderación en todas las cosas (“nada en exceso”) y aconsejó la comprensión de la propia persona (“conócete a ti mismo”).

Fue, ademá, Dios de la música y la poesía, perfeccionando la lira inventada por Mercurio, así que por su intermedio, tranquilizaba el alma, movía las piedras y amansaba las fieras. Con Hipócrates, el Padre de la Medicina, nace en una pequeña isla del Dodecaneso griego, específicamente en Cos, la medicina científica, la más humana de las actividades del hombre y se aceptó que la nuestra ocupación, era ciencia con un enorme componente de arte y humanidad.

El empleo de la palabra, del diálogo con propósitos curativos, desempeñó en la medicina griega una función esencial. Aceptemos pues, que desde sus orígenes nuestra profesión ha sido, por su quehacer clásico y por tradición, una ocupación liberal y humanitaria, así que a los médicos se nos ha tenido como individuos superiores entregados íntegramente al servicio de la humanidad desvalida, desvinculados totalmente del comercio y llegado el momento, proclives a los más sublimes sacrificios.

Tal vez a partir de la revolución industrial, el tecnicismo penetra todas las áreas de la vida humana y de manera formidable en la Medicina, ofreciendo una mejora en la calidad de vida y permitiendo el sondaje de los más recónditos vericuetos del cuerpo humano y la comprensión fisiológica de su funcionamiento en condiciones de salud y enfermedad.

Sin embargo, a su través se ha logrado atomizar en islas inconexas el ser total e indivisible del humano enfermo surgiendo así el especialista, un técnico deshumanizado que menosprecia el arte, “cosifica” al enfermo y busca obtener de su profesión la ganancia pecuniaria necesaria para su supervivencia y la de su familia.

Ésta, en nada condenable, es con acentuada frecuencia desmedida, perdiéndose así un necesario punto de equilibrio. Cuán chocante puede parecer esta breve introducción a los médicos de hoy, cuando veinticinco siglos de historia han terminado casi por completo con los superiores atributos de entrega y altruismo y con cualquier intento de emplear la palabra con fines curativos, tan acostumbrados como estamos a contemplar la Medicina como ciencia altamente tecnificada y despersonalizada, y cuando la salud es objeto de venta y la enfermedad sujeto de especulación.

Lentamente el médico, como ente perteneciente a la sociedad materializada ha ido perdiendo su identidad, ahora regida al antojo de la industria hospitalaria pública o privada, de la mercadotecnia de las multinacionales farmacéuticas o de las hacedoras de equipos de laboratorio automatizado o máquinas de diagnóstico de la más compleja ralea, en desventajoso pujilato con la sabia moderación que llama al diagnóstico por medios seguros, más simples, menos onerosos o lastimantes.

En muchos países latinoamericanos se producen médicos en cantidades crecientes sin verdadera relación con las necesidades del país, bajo caprichosos planes de estudio, dónde no por raridad reinan ideologías extrañas a la función del médico, resultando en profesionales sesgados, incapacitados, con deficiente calidad científica, y tan álgido como pudiera ser, humanitaria. Y es que la Medicina nadie la enseña, sólo se adquiere mediante un serio aprendizaje y es una tarea inacabable de carácter eminentemente personal. Eso es lo que debemos enseñar a nuestros estudiantes.

Obnubilado por el avance científico, el médico ha desdeñado cada vez más el interés por el ser total de su paciente. La “cosificación” del enfermo le impele a cuantificar en concierto con la ciencia pura; así, todo debe ser mensurado en términos de sensibilidad y especificidad –por otra parte, nada condenables-, los procedimientos clínicos y terapéuticos deben ser avalados por la evidencia y más en la competencia.

Actitudes científicas en nada censurables y en muchísimo, dignas de encomio y adopción, tanto durante el proceso formativo del estudiante, como a lo largo del ejercicio del médico, pero a condición de que no excluya de plano otra contundente evidencia: que la expectativa y la esperanza tienen igualmente efectos curativos, que la sola presencia del médico tiene enorme intención terapéutica a menudo soslayada a menos que se comprenda su rol en el proceso de sanación, valores también dignos de ser científicamente investigados y adoptados.

Además, no es raro que en la relación queden excluídos por ejemplo, las disparidades socioeconómicas de la población, los grandes problemas locales productores de miseria, desnutrición y enfermedad, premisas fundamentales a comprender y conocer, tal vez antes de ocuparnos de lo demás.

Al mismo tiempo, el médico moderno juzga la enfermedad como un azar incomprensible, desconociendo, como acierta Laín, que “algo influye la disposición consciente o subconsciente de un individuo humano frente a su propia biografía, para que ese individuo, sometido a la acción de tal o cual germen patógeno, llegue o no llegue a padecer la infección correspondiente”.

Los hallazgos de von Weizsäcker con relación a la angina tonsilar, cuya aparición se halla en frecuente conexión con trances comprometedores y enojosos de la biografía del paciente, y el viejo conocimiento de que los soldados victoriosos son más resistentes a las infecciones que los soldados derrotados, son hechos que no pueden ni deben escapar a la atención del médico.

Es de esta forma, como los rasgos diferenciales entre un enfermo y otro, suelen todos provenir de la esfera psíquica. Mientras una misma enfermedad, a veces en mucho, puede parecerse de un enfermo a otro, los pacientes por su constitución física y somática, por su medio ambiente, por sus reacciones y experiencias previas, por sus creencias, por su capacidad de tolerar el dolor físico o espiritual, por todo este conjunto variado en calidad, cantidad e intensidad, hace que se manifieste con caracteres propios e individuales.

Bien decía el genial clínico francés Armand Trousseau (1801-1867), “No hay enfermedades, solamente enfermos”.

Ante este proceso de negación del dolor espiritual, ¿qué prescribirá entonces un médico cuando sus máquinas prodigiosas le informen que no hay enfermedad orgánica?, ¿hacia dónde dirigirá su mirada el curador cuando la dolencia del igual requiera de una relación empática que por desconocimiento o por conflictos personales no resueltos no podrá o estará dispuesto a dispensarle?

Hoy día, cuando la Medicina se engalana con sus más grandes progresos, más que nunca es en absoluto indispensable que junto a los prodigios de la ciencia y la tecnificación, también se halle el arte, y cuando de arte hablamos, a la relación médico-paciente nos referimos.

En este binomio, el médico viene a ser el único responsable del buen éxito de estas relaciones y sólo él debe prepararse convenientemente para que sean exitosas. Los ingredientes de una buena relación se cimentan en el saber escuchar, interesándose en todo lo que aquél diga, cómo lo dice y también, atendiendo a “lo que no diga”.

Conocer a través de su relato, no solamente el reducido ámbito de su patografía, sino hacerse también de una idea de sus conflictos personales, familiares y sociales. De todo este conjunto el médico debe saber extraer lo útil y necesario para comprender “ese” mundo único de “ese” particular hombre enfermo donde se injerta “esa” condición morbosa.

La empatía, el tacto, la discreción y la ponderación, son los ingredientes que más le acercarán a la intimidad del enfermo. Para el médico en su marco específico, sólo cuentan y existen enfermos necesitados; las consideraciones de orden político, ideológico, social o económico, bajo ningún respecto deben nunca desviar su juicio.

Debe el médico a sus enfermos un profundo e impagable sentimiento de gratitud. Desde su temprana formación ellos le dieron a beber experiencias crecedoras en el venero de sus cuerpos, le permitieron aprender e informarse, y cometer sus primeros y no siempre últimos errores, ellos le manifestaron su confianza y le entregaron y han seguido confiando sus suertes a su ciencia y su consciencia.

Don José Ortega y Gasset (1883-1955), el gran filósofo español decía con evidente razón, que era necesario despojar a la profesión médica de su carácter bárbaro. En su comportamiento consigo mismo y con sus enfermos, el médico debe propender a la divina proporción de Leonardo, a la regla dorada, a la proporción áurea, a una relación eurítmica y armónica entre la parte y el todo, entre su persona y aquel que le necesita y a él confía su suerte.

La medicina interna, ante la honda fragmentación en parcelas de ese todo, único e indivisible que es el ser humano, hoy más que nunca, debe erigirse y representar la unidad de la Medicina.

Este epitafio de 14 siglos de antigüedad inscrito en la tumba del Trudeau en Saranac, plasma la importancia del trato humanitario en medicina; veremos cómo prejuicios científicos posteriores han restado valor humano a la interacción de un médico con su paciente y por ende, a la razón de ser médico.

Apolo fue considerado el Dios de las Plagas y de las Enfermedades en sus diferentes formas. Inventó la Medicina y la transmitió a su hijo Esculapio (Asclepios). Fue defensor de la moderación en todas las cosas (“nada en exceso”) y aconsejó la comprensión de la propia persona (“conócete a ti mismo”).

Fue, ademá, Dios de la música y la poesía, perfeccionando la lira inventada por Mercurio, así que por su intermedio, tranquilizaba el alma, movía las piedras y amansaba las fieras. Con Hipócrates, el Padre de la Medicina, nace en una pequeña isla del Dodecaneso griego, específicamente en Cos, la medicina científica, la más humana de las actividades del hombre y se aceptó que la nuestra ocupación, era ciencia con un enorme componente de arte y humanidad.

El empleo de la palabra, del diálogo con propósitos curativos, desempeñó en la medicina griega una función esencial. Aceptemos pues, que desde sus orígenes nuestra profesión ha sido, por su quehacer clásico y por tradición, una ocupación liberal y humanitaria, así que a los médicos se nos ha tenido como individuos superiores entregados íntegramente al servicio de la humanidad desvalida, desvinculados totalmente del comercio y llegado el momento, proclives a los más sublimes sacrificios.

Tal vez a partir de la revolución industrial, el tecnicismo penetra todas las áreas de la vida humana y de manera formidable en la Medicina, ofreciendo una mejora en la calidad de vida y permitiendo el sondaje de los más recónditos vericuetos del cuerpo humano y la comprensión fisiológica de su funcionamiento en condiciones de salud y enfermedad.

Sin embargo, a su través se ha logrado atomizar en islas inconexas el ser total e indivisible del humano enfermo surgiendo así el especialista, un técnico deshumanizado que menosprecia el arte, “cosifica” al enfermo y busca obtener de su profesión la ganancia pecuniaria necesaria para su supervivencia y la de su familia.

Ésta, en nada condenable, es con acentuada frecuencia desmedida, perdiéndose así un necesario punto de equilibrio. Cuán chocante puede parecer esta breve introducción a los médicos de hoy, cuando veinticinco siglos de historia han terminado casi por completo con los superiores atributos de entrega y altruismo y con cualquier intento de emplear la palabra con fines curativos, tan acostumbrados como estamos a contemplar la Medicina como ciencia altamente tecnificada y despersonalizada, y cuando la salud es objeto de venta y la enfermedad sujeto de especulación.

Lentamente el médico, como ente perteneciente a la sociedad materializada ha ido perdiendo su identidad, ahora regida al antojo de la industria hospitalaria pública o privada, de la mercadotecnia de las multinacionales farmacéuticas o de las hacedoras de equipos de laboratorio automatizado o máquinas de diagnóstico de la más compleja ralea, en desventajoso pujilato con la sabia moderación que llama al diagnóstico por medios seguros, más simples, menos onerosos o lastimantes.

En muchos países latinoamericanos se producen médicos en cantidades crecientes sin verdadera relación con las necesidades del país, bajo caprichosos planes de estudio, dónde no por raridad reinan ideologías extrañas a la función del médico, resultando en profesionales sesgados, incapacitados, con deficiente calidad científica, y tan álgido como pudiera ser, humanitaria. Y es que la Medicina nadie la enseña, sólo se adquiere mediante un serio aprendizaje y es una tarea inacabable de carácter eminentemente personal. Eso es lo que debemos enseñar a nuestros estudiantes.

Obnubilado por el avance científico, el médico ha desdeñado cada vez más el interés por el ser total de su paciente. La “cosificación” del enfermo le impele a cuantificar en concierto con la ciencia pura; así, todo debe ser mensurado en términos de sensibilidad y especificidad –por otra parte, nada condenables-, los procedimientos clínicos y terapéuticos deben ser avalados por la evidencia y más en la competencia.

Actitudes científicas en nada censurables y en muchísimo, dignas de encomio y adopción, tanto durante el proceso formativo del estudiante, como a lo largo del ejercicio del médico, pero a condición de que no excluya de plano otra contundente evidencia: que la expectativa y la esperanza tienen igualmente efectos curativos, que la sola presencia del médico tiene enorme intención terapéutica a menudo soslayada a menos que se comprenda su rol en el proceso de sanación, valores también dignos de ser científicamente investigados y adoptados.

Además, no es raro que en la relación queden excluídos por ejemplo, las disparidades socioeconómicas de la población, los grandes problemas locales productores de miseria, desnutrición y enfermedad, premisas fundamentales a comprender y conocer, tal vez antes de ocuparnos de lo demás.

Al mismo tiempo, el médico moderno juzga la enfermedad como un azar incomprensible, desconociendo, como acierta Laín, que “algo influye la disposición consciente o subconsciente de un individuo humano frente a su propia biografía, para que ese individuo, sometido a la acción de tal o cual germen patógeno, llegue o no llegue a padecer la infección correspondiente”.

Los hallazgos de von Weizsäcker con relación a la angina tonsilar, cuya aparición se halla en frecuente conexión con trances comprometedores y enojosos de la biografía del paciente, y el viejo conocimiento de que los soldados victoriosos son más resistentes a las infecciones que los soldados derrotados, son hechos que no pueden ni deben escapar a la atención del médico.

Es de esta forma, como los rasgos diferenciales entre un enfermo y otro, suelen todos provenir de la esfera psíquica. Mientras una misma enfermedad, a veces en mucho, puede parecerse de un enfermo a otro, los pacientes por su constitución física y somática, por su medio ambiente, por sus reacciones y experiencias previas, por sus creencias, por su capacidad de tolerar el dolor físico o espiritual, por todo este conjunto variado en calidad, cantidad e intensidad, hace que se manifieste con caracteres propios e individuales.

Bien decía el genial clínico francés Armand Trousseau (1801-1867), “No hay enfermedades, solamente enfermos”.

Ante este proceso de negación del dolor espiritual, ¿qué prescribirá entonces un médico cuando sus máquinas prodigiosas le informen que no hay enfermedad orgánica?, ¿hacia dónde dirigirá su mirada el curador cuando la dolencia del igual requiera de una relación empática que por desconocimiento o por conflictos personales no resueltos no podrá o estará dispuesto a dispensarle?

Hoy día, cuando la Medicina se engalana con sus más grandes progresos, más que nunca es en absoluto indispensable que junto a los prodigios de la ciencia y la tecnificación, también se halle el arte, y cuando de arte hablamos, a la relación médico-paciente nos referimos.

En este binomio, el médico viene a ser el único responsable del buen éxito de estas relaciones y sólo él debe prepararse convenientemente para que sean exitosas. Los ingredientes de una buena relación se cimentan en el saber escuchar, interesándose en todo lo que aquél diga, cómo lo dice y también, atendiendo a “lo que no diga”.

Conocer a través de su relato, no solamente el reducido ámbito de su patografía, sino hacerse también de una idea de sus conflictos personales, familiares y sociales. De todo este conjunto el médico debe saber extraer lo útil y necesario para comprender “ese” mundo único de “ese” particular hombre enfermo donde se injerta “esa” condición morbosa.

La empatía, el tacto, la discreción y la ponderación, son los ingredientes que más le acercarán a la intimidad del enfermo. Para el médico en su marco específico, sólo cuentan y existen enfermos necesitados; las consideraciones de orden político, ideológico, social o económico, bajo ningún respecto deben nunca desviar su juicio.

Debe el médico a sus enfermos un profundo e impagable sentimiento de gratitud. Desde su temprana formación ellos le dieron a beber experiencias crecedoras en el venero de sus cuerpos, le permitieron aprender e informarse, y cometer sus primeros y no siempre últimos errores, ellos le manifestaron su confianza y le entregaron y han seguido confiando sus suertes a su ciencia y su consciencia.

Don José Ortega y Gasset (1883-1955), el gran filósofo español decía con evidente razón, que era necesario despojar a la profesión médica de su carácter bárbaro. En su comportamiento consigo mismo y con sus enfermos, el médico debe propender a la divina proporción de Leonardo, a la regla dorada, a la proporción áurea, a una relación eurítmica y armónica entre la parte y el todo, entre su persona y aquel que le necesita y a él confía su suerte.

La medicina interna, ante la honda fragmentación en parcelas de ese todo, único e indivisible que es el ser humano, hoy más que nunca, debe erigirse y representar la unidad de la Medicina.

Acerca de Rafael Muci

Médico Cirujano egresado de la Universidad Central de Venezuela. Con especialidad en Medicina Interna en el Hospital José María Vargas. Doctor en Ciencias Médicas de la Universidad del Zulia. Pertenece a 16 sociedades científicas nacionales e internacionales y ha participado en múltiples congresos, cursillos y mesas redondas donde ha dictado más de 1.100 charlas y conferencias magistrales relacionadas con la Medicina Interna, Neuro-Oftalmología, Neurología y temas de moral y ética médica. Miembro Titular de la Sociedad Venezolana de Medicina Interna. Miembro de la North American Neuro-Ophthalmology Society. Miembro Honorario de la Sociedad Venezolana de Oftalmología.

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