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¿Cuándo somos viejos?

OBSERVATORIO GLOBAL Manuel Castells 

Cuál es la línea divisoria que marca la vejez en el ciclo de vida? ¿La jubilación? ¿El deterioro físico o mental? ¿De qué tipo? ¿Cuando se acaba la libido, como dijo Goytisolo? Porque el envejecimiento, en términos celulares, es un proceso de larga duración, que empieza en la veintena y se acelera o ralentiza según factores de nuestra genética y nuestro entorno.

La cuestión no es baladí, porque la esperanza de vida, en el mundo en general y particularmente en España, ha crecido considerablemente en las dos últimas décadas y continúa su movimiento ascendente. En el 2017 se situaba en 85,6 años para las mujeres y en 80,3 para los hombres. Y la proyección a partir del 2030 es, respectivamente, de 88 y 83,47 años. Además, la esperanza de vida saludable, o sea, con la capacidad funcional de una vida autónoma, alcanza ya el nivel de 74 años para las mujeres y 71,2 para los hombres. Claro que esos índices promedios mezclan multitud de situaciones individuales. Pero lo que está claro es que la tradicional división por fases del ciclo de vida está superada por los avances de

 la medicina, de la salud preventiva y por la calidad de unos servicios de salud que, pese a recortes y limitaciones, se sitúan entre los mejores del mundo. Desde luego, mejores que en Estados Unidos, donde la esperanza de vida es muy inferior precisamente por la desigualdad en el acceso a un sistema sanitario público o subsidiado.

Este tipo de reflexión se suele acompañar de alarma con respecto a la financiación de la Seguridad Social al modificarse sustancialmente la pirámide de edad entre los que contribuyen y los que reciben los servicios. En realidad, esa visión es demasiado simplista porque no es cuestión de la razón entre números de activos sobre números de pasivos. Sino de la productividad de los activos y el costo de los servicios a los pasivos. Ambos son factores que dependen de la calidad y proyección de la gestión de las empresas y de los servicios públicos.

Pero hay una dimensión que me parece más fundamental, en la base de nosotros como humanos: ¿cuándo nos sentimos viejos? Porque dependiendo de ese sentimiento, que no necesariamente depende del estado físico objetivo, las personas de edad avanzada son más o menos activas, más o menos deprimidas, más o menos dispuestas a enriquecer su vida o dejarse ir en un lento languidecer. Sugiero que la vejez se manifiesta en nosotros cuando, en nuestra mente, los recuerdos priman sobre los proyectos.

Permítame, excepcionalmente, contarle una historia personal para ilustrar esta definición. Hace más de dos décadas fui diagnosticado de un cáncer de riñón que se extendió a otros órganos. Tuve un apoyo incondicional de mi entorno de familiares y amigos, un cuidado médico excelente (Universidad de California en San Francisco) y mucha, mucha suerte. El caso es que simplemente con cirugía, sin ningún otro tratamiento, superé la enfermedad (caso raro me dijeron, espero que ahora sea más frecuente). Y aquí estoy. No solamente sin graves problemas de salud (toco madera pirenaica), sino manteniendo durante este tiempo mi ritmo de vida y de trabajo, viajando por todo el mundo, enseñando, dando conferencias y publicando una decena de libros. Siendo así que mis médicos me advirtieron que no podían asegurar mi supervivencia más allá de tres años. Sé que ha sido diferente para otras muchas personas y por eso siempre he practicado la solidaridad que he podido con quienes aún considero mis compañeros de enfermedad.

Pero me pregunté, y se preguntaron mis médicos, cómo pudo ser. Y yo tengo mi hipótesis, que ellos no contradicen. Yo tenía en ese momento dos proyectos que me ilusionaban y llenaban de energía de vida. Uno personal, me acababa de casar por amor. Otro intelectual, escribir mi trilogía sobre la era de la información. Esto lo hice en tres años, por si acaso. Pero el proyectarme hacia un futuro que merecía la pena me dio fuerza mental para compensar la energía que se me estaba yendo.

Y es que lo distintivo de los humanos es nuestra capacidad de anticipar el futuro y proyectarnos en él. Los elefantes y las máquinas tienen más memoria que nosotros. Pero es nuestro deseo de construirnos, nuestros nuevos retos, nuestros proyectos, lo que mueve nuestro organismo. Incluso cuando el proyecto es adoptar otra filosofía de vida, entrar en una lógica zen frente a lo efímero de la vida, porque también depende de nuestra capacidad de implicación.

En realidad, la investigación sociológica proporciona claves más rigurosas para experiencias como la que yo viví. Aunque en negativo. La mejor socióloga de la vejez en Europa, Anne-Marie Guillemard, catedrática de la Sorbona y asesora de múltiples instituciones, descubrió hace mucho tiempo las causas sociales del rápido envejecimiento y de la muerte prematura: la pobreza de recursos culturales a lo largo de la vida activa. No en términos de la cultura clásica, sino en términos de vivencias diversas más allá del trabajo y la familia. Y esto tiene correlación con clase social. Los que se ven obligados a luchar para sobrevivir cada día quedan vacíos cuando se acaba su mundo del trabajo. La jubilación: una muerte social, tituló su libro. A la que sigue la muerte física. Al contrario, quienes tienen la capacidad de reimaginar sus proyectos no sólo viven más, sino que viven mejor. Por eso es absurdo que la jubilación sea una obligación en lugar de un derecho. Y explica que muchas prejubilaciones hayan sido un fracaso presupuestario y personal.

La preparación a la vejez no es sólo acumular peculio, sino acumular capacidad de vida de la que broten nuevos proyectos. Y así nos sentimos inmortales. Hasta que nos ciega el resplandor.

Quienes tienen la capacidad de reimaginar sus proyectos viven más y mejor, por eso es absurdo que la jubilación sea una obligación

 Fuente:   La Vanguardia

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