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Convit… El Pinel de los leprosos

Pinel consideraba posible la recuperación de un amplio grupo de los "alienados" -tal era la denominación social que a los "locos" se daba en su época-, a partir del llamado tratamiento moral en el que se recurría con fines terapéuticos

En un reciente editorial, nuestro dilecto amigo, el Dr. Francisco Kerdel-Vegas, embajador e Individuo de Número de las Academias de Medicina y Ciencias Físicas y Matemáticas de Venezuela, se hizo eco en un artículo publicado en Bitácora Médica del descubrimiento de una prueba de diagnóstico rápido para la lepra, enfermedad huidiza a su reconocimiento en las primeras etapas de su desarrollo, lo que retarda el tratamiento con los nuevos agentes quimioterapéuticos.

Este descubrimiento hipotéticamente podría conducir a la desaparición de tan terrible azote, tal como sucediera con la viruela y la variolización universal. El doctor Kerdel recuerda en el artículo a dos maestros de la dermatología venezolana que contribuyeron a su estudio: los doctores Martín Vegas y Jacinto Convit, este último en el año centenario de su nacimiento. Sirva pues este artículo como un homenaje al Maestro Convit y su entrega a una lucha desigual.

La humanización del trato a los enfermos

Philippe Pinel (1745-1826), psiquiatra y alienista francés propugnó la humanización del trato que se daba en su época a las personas aquejadas por enfermedades mentales (las denominadas vesanias de entonces), eliminando, como primera medida, su reclusión forzosa, las sangrías y su encadenamiento a las paredes.

Pinel consideraba posible la recuperación de un amplio grupo de los “alienados” -tal era la denominación social que a los “locos” se daba en su época-, a partir del llamado tratamiento moral en el que se recurría con fines terapéuticos, a aquella parte de la razón que no estuviese perturbada. Fue así como erradicó las crueles cadenas que como animales sujetaban a las persona con insania mental.

Durante los siglos XVIII y XIX, los enfermos del Mal de San Lázaro eran segregados y confinados a instituciones denigrantes llamadas lazaretos.

La cruzada del Maestro Convit en el leprocomio de Cabo Blanco

Jacinto Convit, nacido en Caracas y graduado de doctor en Ciencias Médicas en 1937, constituyó para los leprosos de Venezuela -y del mundo en general- la rotura de simbólicas cadenas, la libertad y la reinserción de sus personas a la sociedad como socios igualitarios.

Su larga historia médica es muy inspiradora y señera; así, desde el día siguiente de su graduación se marchó al leprocomio de Cabo Blanco (en el Estado Vargas) construido en 1906 en tiempos de Cipriano Castro, sitio que el Maestro Convit conocía desde sus tiempos de estudiante.

La frontera del lazareto era la montaña por un lado y el mar por el otro. Si se quiere, un lugar de reclusión forzado o de encadenamiento social donde los pacientes con el “mal bíblico” eran arrojados por la sociedad: allí vivían y, más que vivir, vegetaban sin derechos ciudadanos. Al ser considerados incurables y muy contagiosos, permanecían estigmatizados como desde tiempos bíblicos, secuestrados de la sociedad de sus semejantes.

El leprosario -indigno de naciones civilizadas- era una especie de república independiente, con moneda o fichas propias hechas de aleaciones de cobre y zinc para evitar la proliferación de la enfermedad a través del dinero, con estrictas reglas y de circulación restringida en sus confines, días y horas de visita, separación de sexos, salones de lectura, escuelas primarias y de artes y oficios.

El Doctor Aarón Benchetrit (1886-1967), director de los leprocomios venezolanos entre 1921 y 1926, introdujo el aceite de chalmugra en el tratamiento de la lepra, sustancia que poseía severos efectos secundarios.

Anterior a él, en el leprocomio, los enfermos no recibían tratamiento alguno y desde él se les administraba el citado aceite de ginocardio, llamado también de Paul Unna o de chalmougra, con resultados muy mediocres. Así que, ayudado por estudiantes de Medicina, Convit inició una cruzada tendente a encontrar un medicamento efectivo.

Más tarde se sumaron médicos extranjeros comprometidos, entre ellos, un farmacólogo que le ayudó a fracturar las cadenas sociales de estos deprivados del respeto social al probarse una droga llamada sulfona o más propiamente, diamino-difenil-sulfona, DDS o dapsona, conocida por inhibir el bacilo ácido-alcohol resistente de Hansen o Mycobacterium lepræ, su agente productor.

Se elaboraron comprimidos y se realizó un estudio en 500 enfermos. Pronto se vio su efectividad, se notaba mejoría clínica en ellos y se obtenía control de la enfermedad y al favor de su ímpetu investigador como un amanecer esplendoroso: los leprosarios o leproserías fueron cerrando sus puertas uno a uno.

Gracias a sus trabajos, pronto Venezuela se transformó en un centro de entrenamiento en lucha antileprosa. Ello le valió en 1987 el Premio de Investigación Científica y Técnica Príncipe de Asturias, su nominación al Premio Nobel de Medicina en 1988, y en 2002, el otorgamiento por parte de la Organización Panamericana de la Salud del título¨Héroe de la Salud Pública de las Américas¨.

La lepra fue abatida que no eliminada mediante el empleo de un tratamiento triple constituido por sulfona oral, rifampicina y clofazimina.

En 1958 cuando era estudiante de Medicina, conocí el leprocomio de Cabo Blanco. Mi hermano Fidias Elías -recién graduado- comenzó a trabajar como residente y me invitó a visitarlo.

Este leprocomio era una edificación recia e imponente, de amplias salas ventiladas, camas alineadas con sus respectivos mosquiteros y cortinas blancas de separación en continuo movimiento por una ventolera  marina sanadora que proporcionaba un ilusorio aire de libertad a aquellos presos por la sociedad.

Por sus pasillos transitaban enfermos con las facies leoninas de la lepra lepromatosa, o carcomidas sus narices, amputados sus brazos o engrosados sus nervios periféricos por la lepra tuberculoide, pues allí residían todas las formas de la dolencia, pero especialmente las más usuales: la lepra tuberculoide, con sus manchas insensibles y anestesiadas; y la lepra lepromatosa, productora de nódulos en la piel.

Al invadir los nervios periféricos, les impedía –a los pacientes- la percepción del dolor, el calor o el frío, así que los infectados solían cortarse o quemarse sin que el cuerpo transmitiera alarma alguna; además, la bacteria causaba debilidad muscular y los dedos adquirían la forma de unas garras. En ciertos casos la lepra también afectaba los órganos internos y las mucosas.

Tuve al Maestro Convit como paciente en varias ocasiones y compartía ese privilegio con el doctor Dimas Hernández mi compañero de cátedra, a quien consultaba al mismo tiempo que lo hacía conmigo como para sopesar opiniones: a ninguno de los dos nos hacía caso y siempre tenía la razón…

Siempre muy respetuoso y humilde me hacía llamar con su camarera a mi sala del Hospital Vargas en Caracas, e inmediatamente, en cuanto me disponía a ir a su oficina del Instituto de Biomedicina, ya él había bajado y se encontraba a la vera de mi puerta:

-“Maestro, -le reclamaba suavemente- ¿Por qué se tomó la molestia de bajar y no esperó a que yo subiera?”.

Con su mirada huidiza, viendo los numerosos pacientes agolpados en la pequeña sala de espera adyacente a mi Unidad, me decía:

-“Es que no quería importunarlo, doctor Muci… Usted siempre está muy ocupado”, era esa su respuesta y generalmente quedábamos en vernos esa misma tarde o al día siguiente en mi consultorio.

El Maestro Convit ha sido un luchador tenaz, y de su cerebro febricitante han surgido como por encanto ideas traídas a escena con el único fin de ayudar a sus pacientes. Aunque no era un paciente fácil, siempre le agradecí su confianza y dilección para con mi persona. Lamentamos su largo alejamiento social y académico inducido por la avanzada edad y la enfermedad mortificante inmerecida.

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Acerca de Rafael Muci

Médico Cirujano egresado de la Universidad Central de Venezuela. Con especialidad en Medicina Interna en el Hospital José María Vargas. Doctor en Ciencias Médicas de la Universidad del Zulia. Pertenece a 16 sociedades científicas nacionales e internacionales y ha participado en múltiples congresos, cursillos y mesas redondas donde ha dictado más de 1.100 charlas y conferencias magistrales relacionadas con la Medicina Interna, Neuro-Oftalmología, Neurología y temas de moral y ética médica. Miembro Titular de la Sociedad Venezolana de Medicina Interna. Miembro de la North American Neuro-Ophthalmology Society. Miembro Honorario de la Sociedad Venezolana de Oftalmología.

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