Manuel Caballero: Don Mario y el Diablo (Homenaje a D. Mario Briceño Iragorry)

noviembre 23, 2009

La Academia Nacional de la Historia y La Academia Venezolana de la Lengua
Homenaje a D. Mario Briceño Iragorry

Orador de Orden: D. Manuel Caballero | Individuo de Numero de la Academia Nacional de la Historia
Palacio de las Academias, 19 de noviembre de 2009

Don Mario y el Diablo
Manuel Caballero

Debo comenzar confesando que me sentí muy incómodo cuando se me encargó pronunciar estas palabras en homenaje a Mario Briceño Iragorry. En primer lugar, porque, con una indignación comprensible, se concibió éste de hoy como un desagravio al acto de barbarie cometido contra su nombre por algún oscuro burócrata de esos que tanto despreciaba Antonio Machado porque “embisten cuando les da por usar de la cabeza”. Me negué a participar en un desagravio por considerar que agravio no hubo : no insulta quien quiere sino quien puede.

Se decidió entonces llamarlo “homenaje”. Acepté a falta de encontrar un mejor sustantivo.

Mi reticencia se debe a que he hecho mía, y suelo citar con frecuencia, la fiera sentencia de Enrique Bernardo Núñez :”El mejor homenaje que se puede hacer a un escritor es leerlo”. Es eso pues, lo que intento hacer hoy : si para algo sirven estas palabras que sea sobre todo para incitar a la lectura de la obra de Mario Briceño Iragorry, cosa que considero necesaria no sólo por el goce estético que nos produce el “roman paladino” de su altiva prosa, ni por su aporte al rescate de nuestra memoria colectiva, sino como algo mucho más urgente, porque en ello nos va la vida : como un antídoto al veneno que en esta triste hora venezolana, sentimos invadir nuestras venas, algo que ni en nuestras peores pesadillas creímos sentir alguna vez : la vergüenza de ser venezolanos.

No se tome esto último como la frase de un orador que, si no logra el aplauso, busca destacarse por el escándalo. Desde siempre hemos ridiculizado el latiguillo de los politicastros de campanario –- y de charreteras– que pretenden enseñar desde la escuela “el orgullo de ser venezolanos”. No : lo que debe enseñarse a nuestros niños es a desarrollar sus capacidades para que su país pueda sentirse orgulloso de ellos. Pero lo que nos lleva a gritar nuestra vergüenza es el relato de la experiencia de quien por alguna razón, debe salir del país : por el simple hecho de mostrar el pasaporte.

Salimos muy contentos de la oficina donde, con celeridad y buen trato, se nos otorgó el nuevo pasaporte, único válido a partir del primero de enero próximo.

Pero al hojearlo, el gozo se nos fue al pozo: cada página estaba ilustrada con el retrato de un prócer. Cosa nada objetable y, por lo demás, acaso nada original. Pero de esas figuras, apenas cuatro no eran militares : Manuelita Sáenz, Luisa Cáceres de Arismendi, Andrés Bello y Simón Rodríguez.

Las dos primeras no podían serlo porque en su tiempo, los oficiales de los ejércitos eran sólo varones. Aparte de eso, ambas son, por tradición, glorificadas menos por sus méritos personales que por los de sus machos. En particular, a Manuelita Sáenz se le suele exaltar no por sus lúcidos días de conspiradora contra la monarquía española, sino por haber alegrado las locas noches de Simón Bolívar.

Se le encomia pues no por haber recibido por lo primero de manos del General San Martín la “Orden de Caballeresa del Sol”, sino por haber recibido de Bolívar el mote de “Libertadora del Libertador”, un dicho cursi como lo es toda declaración de amor cuando se le aísla de su circunstancia; o sea, algo que no debería haber jamás pasado del oído de quien la recibía, no convertirla en una frase histórica.

A Simón Rodríguez y a Andrés Bello se les incorpora allí por haber sido maestros de Simoncito cuando se pensaba que el único título que recibiría con el tiempo sería el de Marqués de Cocorote. Se conoce muy bien la fiera respuesta del primero : que tenía muchos y más importantes méritos que el de haber sido maestro del Libertador.

Pero el colmo del irrespeto a un personaje histórico de su magnitud y sus méritos es la ilustración de la página dedicada a Andrés Bello : aparece allí dando la lección al joven Bolívar. Eso es ignorar que Bello es un personaje, cuando menos, de la estatura de Simón Bolívar; que los dos cánones que rigen la milenaria lengua española son las gramáticas de Nebrija y de Bello; que a la prestigiiosa Universidad de Santiago de Chile se le suele apellidar desde su fundación “la Casa de Bello”; en fin, que este gran Libertador del idioma tiene muchísimos méritos, aunque ellos nada signifiquen para el primitivismo de unos gobernantes que consideran más pesado en la balanza su gran demérito : no haber portado jamás una espada.

Pero ¿no estamos exagerando al dedicar tantas líneas a la simple anécdota de un pasaporte? ¿No nos estamos saliendo, justo a la entrada, del tema que nos ha convocado aquí esta mañana?

En manera alguna, pues eso es tan significativo para el país como puede serlo la puerta para una casa. Porque la imagen que ofrecemos con eso a quienes nos ven desde afuera es la de un país que exalta la violencia guerrera y esconde las más preclaras manifestaciones de su inteligencia; y porque revela la ideología que se busca imponer a un país.

Un país cuyo gobierno expulsa con ignominia de un corredor de Palacio el busto de Rómulo Gallegos para sustituirlo por el del “Cabito” Cipriano Castro.

Un gobierno que borra de su historia a los próceres civiles del siglo XIX y execra a los del siglo XX, mientras glorifica a ingloriosos salteadores de caminos como Maisanta y permite que se le erija una estatua pública a un narcotraficante como Marulanda—Tirofijo, mientras guarda un minuto de silencio a la memoria de su cómplice “Raúl Reyes”; que simboliza sus preferencias con lo sucedido en la ciudad de Trujillo y que no se puede considerar una simple alcaldada : quitar a una biblioteca pública el nombre de Mario Briceño Iragorry para cambiarlo por el de uno de los más sanguinarios personajes de la guerra civil de independencia, Antonio Nicolás Briceño, “El Diablo”.

Antes de seguir adelante, debemos aclarar que como historiadores profesionales, no acostumbramos emplear criterios morales para analizar hechos históricos. Antonio Nicolás Briceño decretó premiar con ascensos en el escalafón militar el número de cabezas de españoles cortadas y mostradas en un horroroso curriculum vitæ; y firmó con la sangre del español supliciado el documento donde rendía cuenta del asesinato de un honorable anciano que él mismo reconocía inocente e inofensivo; y remitía al Libertador la macabra encomienda de su cabeza cortada.

Todo eso nos horroriza y asquea hoy en un país que en principio, ha recibido (si no siempre aprendido) la lección de la paz, la tolerancia e incluso de la reglamentación de la guerra desde la Convención de Ginebra.

Pero en la Independencia, esa cruel guerra civil de hace dos siglos, esa era la regla y no la excepción. No se puede condenar entonces como un bárbaro desalmado a este “Diablo” si se excusa o se pretende olvidar la masacre ordenada por el Libertador de 930 españoles encarcelados en La Guaira, o algo peor, elevar a los altares del patriotismo un documento como el Decreto de Guerra a Muerte, o sea, la expresión de una voluntad genocida avant la lettre.

Lo que nos horroriza pues no es que se haya borrado el nombre de la Biblioteca Pública “Mario Briceño Iragorry” sino haberlo cambiado por el de “Biblioteca Socialista Antonio Nicolás Briceño”. Hay en este acto un elemento simbólico combinado con un disparate histórico.

El primero es el de haber quitado a una biblioteca el nombre de un señero hombre de letras para sustituirlo por el de un vesánico bebedor de sangre, un asesino desalmado a quien la historiografía patriótica ha pretendido hacer olvidar sus horrores sólo por ser “uno de los nuestros”; perdonar crímenes que al ser “nuestros crímenes”, casi se vuelven acciones angélicas.

Lo segundo, el “disparate histórico”, tiene además mucho de eso que, de Freud acá, se suele llamar “acto fallido” : para este nuevo y revolucionario Juan el Bautista, el socialismo nada tiene que ver con la emancipación de las clases proletarias, sino que es el bienvenido sinónimo de masacre, paredón, degollina de sus adversarios “aún cuando sean inocentes”.

¡Y decir que esta gente es la misma que recitaba al caletre aquel verso del Canto General donde Neruda imaginaba “al sheriff entrando a caballo en las bibliotecas” de los Estados Unidos!

Pero hay algo más, acaso una de las razones más poderosas para que se muestre tal aborrecimiento de Mario Briceño Iragorry: su apasionada defensa de la lengua española. Porque vivimos una de las épocas más oscuras de desprecio del lenguaje, de degradación del idioma en labios de uno de los gobernantes más parlanchines de nuestra historia; donde desde el más alto sitial de la República, se confunde el habla del común con la jerigonza escatológica y primitiva de los porteros de burdel; manifestando así ese hondo desprecio por el pueblo que exuda la oligarquía militar.

Mario Briceño Iragorry, para decirlo como el Rafael Cadenas de Los cuadernos del destierro, “era de diferente linaje”. Como el español Pedro Salinas, y como el mismo Cadenas, Don Mario forma parte de la aguerrida aunque por desgracia poco poblada falange de los “defensores del idioma” (a punto, el poeta Pedro Salinas tituló El defensor un suyo libro de prosas).

Nos contentaremos con citar, en apoyo a esta nuestra afirmación, sólo un ensayo de Don Mario en su libro Aviso a los navegantes. Parecía una defensa de la pureza del castellano frente a la invasión de los barbarismos, de ese pavoroso espanglish que entonces tocaba a nuestras puertas y que hoy abiertas ellas de par en par, ya casi nos ha expulsado de casa.

“Motel” recordaba, es una simple contracción de “motor” y “hotel”, para designar a ese tipo de alojamiento para el cual, sin embargo, existe una buena cantidad de vocablos que pueden hacerlo en nuestra lengua, con propiedad y sin bastardías. “Parecía una defensa” decimos, porque lo era en principio. Pero tomada así, era una batalla perdida. Primero, porque ese es el tipo de expresión que, siguiendo la línea de menor resistencia, llega a imponerse en el habla cotidiana e incluso, a veces entra también en la lengua culta, si lo admite al fin lo que Alex Grijelmo llama “el genio del idioma”. Segundo (pero eso no podía saberlo entonces el defensor de nuestra lengua) los “moteles”, como los “autocines” han llegado a tener una importancia muy marginal.

Pero lo que hace perdurable ese texto, y lo convierte en algo tan actual, es su argumentación en contra :

“Los viejos vocablos miraban al hombre en sí mismo. La curiosa palabra de hoy ve el binomio carro-hombre. La máquina destruye la persona en el orden de la deformada cultura cosmopolita de hoy, y la lleva a su zaga. Jamás se pensó en crear un vocablo que expresase el concepto de hospedaje para hombres, caballos y mulas, cuando eran éstos los medios de transporte. Nadie ideó las voces cabaposa, cabatel, mulposa, para significar que había pienso para ambos animales. Se pensaba sólo en el hombre. Lo demás venía por añadidura”.

Al historiador Briceño Iragorry se le tildó, sin que él se avergonzase, de “hispanista”, de defensor de la obra de España en nuestra cultura, de oficiante en el altar de la “leyenda dorada”.

En verdad, sólo hacía lo que debería hacer todo historiador digno de tal nombre: negarse a confundir la escritura de la historia con el panfleto patriótico; despejar las brumas con que este último cubría lo que hoy es una verdad aceptada por la comunidad científica si no por el primitivismo de quienes “por ahora” nos dominan : que la confluencia de diferentes sangres, de diferentes culturas nos ha llevado a ser lo que somos hoy, y que debería ser nuestra mayor timbre de orgullo : un pueblo mestizo.

Este es pues el hombre que nos lleva a unir en su evocación a los académicos de la historia y de la lengua.

Porque la nobleza de su escritura ratifica lo que Mario Vargas Llosa decía alguna vez hablando del historiador peruano Raúl Porras Barrenechea : que la historiografía no forma parte de la historia de la literatura, pero hay historiadores que sí hacen parte de ella.

Recordar y exaltar la obra de un humanista de la talla de Briceño Iragorry no es pues una recreación (en el doble sentido de recreo y renacimiento) de una gloria del pasado, sino una apuesta por el porvenir.

Yo quiero hablar hoy de Mario Briceño Iragorry en mi condición de venezolano que recibió en su momento sus enseñanzas en la lectura de sus textos a medida que aparecían, pero además de un venezolano de hoy que tiene mucho que aprender al releerlos.

Y también evocar su obra en mi condición de hombre que vivió la última dictadura del siglo veinte ; y como intelectual consciente de que esa condición le impone ser la conciencia crítica de la sociedad pero en primer lugar de sí mismo, de ser el vigilante de su propia honestidad intelectual.

Al decir esto, se impone primero hablar, después de evocar al Briceño Iragorry uomo di cultura , de su trayectoria política, sin evadir sus contradicciones ni sus errores, pues hacerlo sería empañar uno de sus más luminosos ejemplos, el de un hombre que fue el primero en reconocerlos, en un ejercicio autocrítico inhabitual en nuestro país, y en todas partes.

Hablemos primero de su apoyo a los regímenes dictatoriales de Juan Vicente Gómez y de la Junta Militar en 1948. En el primer caso, cuando el Benemérito se hace del poder en 1908, Mario Briceño Iragorry tiene once años. Va a vivir, hasta su ingreso a la universidad, el espectáculo de un país cuyos intelectuales en primer lugar, y el resto de Venezuela después, en forma unánime hasta 1913, mayoritaria hasta 1918, van a rodear a un Juan Vicente Gómez que para ellos encarnaba la paz que Venezuela entera anhelaba desde 1810. El joven Mario sigue la huella de sus mayores, de José Gil Fortoul, de Laureano Vallenilla Lanz, de Lisandro Alvarado, de Pedro Manuel Arcaya, que con el tiempo llegaron a exhibir hasta con orgullo su condición de palafreneros del tirano.

Pero también de Rufino Blanco Fombona (hasta 1911), de José Rafael Pocaterra (hasta 1918), de Rómulo Gallegos y José Antonio Ramos Sucre (hasta 1930), de Enrique Bernardo Núñez, Pedro Emilio Coll, Manuel Díaz Rodríguez.

Pero al final de los años cuarenta, don Mario pareció tropezar otra vez con la misma piedra, al aceptar por poco tiempo la Embajada en Colombia que le ofreció el gobierno militar. Para nosotros, jóvenes e impetuosos opositores de la dictadura “desde el primer momento de su ser natural”,ese era un error imperdonable en un hombre que, se pensaba, había lavado con el general Medina Angarita las manchas que había dejado en su piel el gomecismo.

Nuestra generación no cesaba de interrogarse en los términos en que alguna vez lo hicimos evocando a Augusto Mijares : ¿cómo era posible que hombres como Don Mario, ya sin la excusa de su juventud pudiese colaborar con un gobierno dictatorial, no supiesen hacer el fácil distingo entre democracia y dictadura?

Atribuir todo esto a un simple “error” político o incluso a una contradicción insalvable entre la doctrina y la acción, lo mantendría reducido al ámbito personal y sólo serviría para concluir con generalidades como aquella de “la primera piedra”. En verdad, ese es un problema insoluble si no se abandona el cerrado campo individual donde está sólo el hombre con su conciencia.

Porque aún si fuese cosa de culpables e inocentes, la pregunta subsiste : ¿Cómo es posible que hombres cuyo democratismo ha sido demostrado una y otra vez (estoy pensando, además de Briceño Iragorry, en Guillermo Meneses, en Alberto Arvelo Torrealba) hayan colaborado (si bien es verdad que en poco número o por corto tiempo) con el gobierno militar? ¿Un simple desliz personal?

La explicación a todo eso la avanzábamos hace algunos años en una reflexión sobre el 18 de octubre de 1945. Es lo que hemos llamado “la gran división” que enfrentó a dos tendencias democráticas, así como en el siglo XIX se habían cortado una de la otra para enfrentarse con furia cainita, liberales-liberales y liberales-conservadores.

Algo parecido sucedió en los años cuarenta (del siglo veinte, como del otro) y se ahondó a partir del 18 de octubre. Allí, la dialéctica de vencedores y vencidos que se impuso después de aquella fecha, y la debilidad de la sociedad para imponer en términos reales el respeto de la disidencia, llevó a la unión heteróclita de gente (militar y civil) que en una circunstancia más normal, donde no hubiesen sido sometidos a la cruel escogencia de la espada y la pared, hubieran sido adversarios y hasta enemigos.

Lo que alguna vez pudimos llegar a considerar una inconsecuencia o cuando menos un desliz, adquiere así, sin por ello obviar la responsabilidad personal, un sentido colectivo que explica mejor la tragedia de una generación.

Cuya fractura, de ímpetu y modos que luego se consideró canibalescos, atrajo sobre la sociedad venezolana mayores males de los que hubiese producido un personalísimo cambio de chaqueta como tantos ha visto la petite histoire.

En el caso particular de Mario Briceño Iragorry, esta acción tan condenada en su momento (entre otros por nosotros mismos) dio pie para una rectificación que a la vez se convirtió en una imperecedera lección de moral ciudadana.

De eso nos ocuparemos al final, pero antes debemos hablar de lo que en cierta forma, formaba parte del prejuicio contra Don Mario, y que para muchos explicaba su apoyo al gomecismo : su apasionada militancia católica.

Algo que para la Venezuela liberal y francmasónica que nos legó el Ilustre Americano, traducía beatería ultramontana y conservatismo extremo, casi en el límite de Joseph de Maistre y de Charles Maurras.

Pero las cosas no suelen ser tan simples en historia : la militancia democrática de Mario Briceño Iragorry en el otoño de su vida , puede haber sido algo más que una respuesta inmediata a un estímulo circunstancial, y provenir del fondo de su formación cristiana. Porque para el anticlericalismo tradicional y comecuras, catolicismo quiere decir sobre todo intolerancia, misoneísmo, hogueras inquisitoriales.

Pero hurgando en la historia de la vida de Mario Briceño Iragorry, me entero de que en un momento de su vida, junto con Caracciolo Parra León y Renato Esteva Ríos “entró en religión” como se dice cuando se ingresa en el clero regular.

Los tres formaron en Venezuela el grupo laico de la orden de los franciscanos. Por lo general, se tiene de San Francisco de Asis una imagen de mansedumbre y es el ícono de la sociedad protectora de animales. Pero “el varón que tiene el corazón de lys”, como lo llamó Rubén Darío era mucho más que eso, y más subversivo, más peligroso, una real amenaza para el satisfecho, ventripotente, dominador establishement Católico, Apostólico y Romano y para la vieja alianza del trono y el altar.

El Santo de Asís sostenía que no sólo la jerarquía, no sólo la Iglesia institucional sino la sociedad toda debía adoptar la vida pobre y humilde de Jesús y los pescadores que dejaron sus redes, barquichuelos y hasta sus vestidos y sandalias para irse a predicar descalzos la Buena Nueva.

Queremos finalizar evocando un aspecto de la vida de Mario Briceño Iragorry que ha inclinado al respeto hasta a sus más encarnizados adversarios. Don Mario no sólo no vaciló en señalar sus propios errores, sino que su autocrítica no la concibió a la vieja manera hipócrita de esa doble moral que combina el rigorismo de palabra y la condenación del vecino, con la laxitud en la propia acción y sobre todo la autoexcusa, autocomplaciencia, autoconmiseración a que tan dados somos en América latina.

Mario Briceño Iragorry nunca trató de ocultar, disimular y ni siquiera de justificar su participación en la administración gomecista. Tampoco dejó de considerar un error lo que otros no le atribuyeron como tal, empujado, obligado casi a hacerlo por la saña de sus adversarios, como fue la aceptación por breve tiempo de un cargo diplomático en el régimen militar que suplantó a Rómulo Gallegos. Su viril actitud posterior de enfrentamiento a la dictadura tuvo siempre ese hermoso espíritu de autocrítica : no quiero que los jóvenes caigan en los errores que fueron los míos. Y nada hacemos con predicarlo, si no actuamos en consecuencia.

Como Fray Ejemplo es el mejor predicador, Mario Briceño Iragorry, a sus años, con su historia, sus merecimientos pero también con sus achaques, con ese corazón que tan poco lo ayudaba desde la caja de su pecho, se echó a la calle a enfrentar la dictadura. Y debió no sólo exiliarse, sino soportar también la agresión física en alguna calle española. Con eso, Don Mario dio uno de los mejores ejemplos de la conducta y la condición del intelectual.

En un país donde la memoria tiende a ser tan corta, en un país donde pronto todo se perdona, en un país donde se puede ser inmoral y contar más tarde con que la unción del voto popular te lave de tus pecados, Mario Briceño Iragorry rechazó esa puerta abierta de par en par.

Escogió, por el contrario, la puerta estrecha de la autocrítica. Que tampoco fue un simple complacerse en lloriqueos sobre sus errores de juventud, sino en ponerse a la cabeza de las grandes rectificaciones populares. Por eso, el recuerdo del treinta de noviembre de 1952, una de las fechas proceras de la democracia venezolana, estará siempre ligado al nombre de Mario Briceño Iragorry.

El anterior debía ser el último párrafo de esta disertación. Pero de pronto nos vino a la memoria un texto de Don Mario y que no es (o no es sólo) la mala intención lo que nos lleva a pensar que es la causa de su execración por parte de quienes están contagiados de lo que en otra parte hemos llamado “la peste militar”. Lo citaremos letra por letra para cerrar estas palabras :

Somos de la tierra que dio a Bolívar, es título que muchos creen suficiente para presentarse a la consideración del mundo. Más o menos lo mismo de quienes se creen mejores que otros diz que por descender de un conde o un marqués, sin pensar que bien pueden ser ellos unos degenerados sifilíticos o unos pobres diablos víctimas del alcoholismo.

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