Homenaje a la mujer

Noviembre 11, 2009

Por Dr. Francisco Kerdel Vegas

Hace ya unas tres décadas, en unas vacaciones de Semana Santa, Martha y yo, en compañía de los amigos Héctor Valencia y Elizabeth Latouche de Valencia, tomamos un crucero por las islas Galápagos.De regreso paramos en Bogotá, donde vivía un tío político de Elizabeth, el abogado Guillermo HERNÁNDEZ RODRÍGUEZ.  Sucede que este señor, ya bastante mayor en aquel entonces, era viudo de una tía materna de Elizabeth, la venezolana Carmen FORTOUL (hermana de la madre de Elizabeth).

La interesante historia que ese momento oímos de boca de don Guillermo -quien en ese momento presidía una alta institución del gobierno (pienso que se llamaba Consejo de Gobierno)-  era que siendo un muchacho de provincia (con evidente sangre indígena) fue becado por el entonces  joven gobierno de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) a estudiar en Moscú.  Allí conoció a la dama venezolana Carmen FORTOUL,  bastante mayor que él, que le fue asignada como su profesora de ruso, y más tarde se convirtió en su esposa.

La familia FORTOUL, había emigrado a Nueva York durante la dictadura del general Juan Vicente GÓMEZ, y allí Carmen, entusiasmada con la revolución soviética y militante ferviente del partido comunista decidió trasladarse a Rusia, para participar activamente en aquel nuevo fenómeno político que tanto le atraía.

En Moscú se conocieron y Carmen se convirtió en su profesora, guía y mentora y más tarde en su esposa y compañera por el resto de su vida.

Era evidente, que a pesar de los bastantes años que Carmen le llevaba a Guillermo, habían sido un matrimonio muy feliz, aunque no tuvieron hijos,  y mantenía unas relaciones muy amistosas con la familia de su mujer fallecida hacia años.  Tanto así que nos invitó a un apartamento que tenía en Cartagena de Indias, a donde viajamos por unos días en su compañía.

Recuerdo que vivía en Bogotá en un edificio residencial, anexo al Hotel Tequendama donde nos alojábamos, y una noche don Guillermo nos indicó que iba a aparecer en un programa de televisión que se iba a transmitir ese día, por lo que nos quedamos en nuestra habitación para verlo y oírlo.

Muy a nuestra sorpresa el programa se centró en su relación con su esposa, doña Carmen FORTOUL, esta notable dama venezolana, que durante su juventud como estudiante universitaria en Nueva York, se hace comunista y viaja a la Unión Soviética, con el determinado propósito de colaborar activamente en la promoción de la revolución comunista en el resto del mundo y especialmente en la América Latina.  Allí conoce a este joven indiecito colombiano, quien es puesto bajo su tutela y le enseña ruso y le sirve de guía y mentor desde su arribo a Moscú, contribuyendo de manera determinante en su formación cultural e ideológica.  Se enamoran, se casan, regresan a Colombia, tienen un papel protagónico en el establecimiento del partido comunista en Colombia.   No recuerdo los detalles y peripecias de su interesante carrera política, que lo llevó a ser Embajador de Colombia ante la UNESCO en París por varios años.

Pero la razón de esta “anécdota” es que en toda mi vida no he oído un homenaje más sentido a la mujer que el que hizo don Guillermo HERNÁNDEZ RODRÍGUEZ a su mujer doña Carmen FORTOUL esa noche en ese programa de televisión.  Empezó don Guillermo explicando su inmenso privilegio y fortuna singular de haber tenido una triple relación con su esposa, algo que consideraba con mucha razón como excepcional.  Primero había sido como su madre, pues lo había adoptado, lo había educado, lo había enseñado, lo había protegido y se había terminado de formar como hombre y como ciudadano bajo su tutela, supervisión y con ese afecto que sólo prodigan las madres.  Luego se convirtió en su esposa y fiel compañera de luchas por muchos años.  Y finalmente, al envejecer ella mucho antes que él –por la diferencia de edades- ella se fue convirtiendo en una infante, perdiendo progresivamente facultades físicas y mentales, y él se transformó en un amante padre, consagrado a atenderla en todas sus más elementales necesidades.

-Primero fue mi madre, luego mi esposa y finalmente mi hija.  Tuve pues con la misma mujer las tres situaciones más íntimas que un hombre puede tener con una mujer.

Debo decir que fue muy emocionante ver a aquel anciano expresándose así de su desaparecida esposa, y por lo tanto quedó marcada en mi memoria como el más hermoso homenaje que un marido ha hecho a su consorte.

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