El doctor Vargas

abril 5, 2009

Rafael Arráiz Lucca

Pocos venezolanos despiertan mayor admiración en mí que el guaireño José María Vargas Ponce. Obtuvo su grado de doctor en Medicina en la Universidad Real y Pontificia de Caracas en 1808, la misma de la que ya siendo republicana, en 1827, tuvo el honor de ser su rector, por designación del Libertador, en su última visita a Caracas. Entonces, Bolívar modificó sus estatutos para que pudiera presidirla un médico, no un presbítero, y nadie más indicado que Don José María.

La información biográfica sobre el doctor Vargas es abundante, gracias a las investigaciones de pertinaces sabuesos, entre ellos un médico y humanista excepcional de nuestro tiempo: Blas Bruni Celli, quien consagró años de trabajo al estudio de la obra del eminente científico. Sabemos que al doctorarse en Medicina se fue a ejercer la profesión en Cumaná, que allá fue hecho preso en 1813 por respaldar los movimientos independentistas. Una vez liberado, partió hacia la Universidad de Edimburgo a perfeccionarse en cirugía, botánica y anatomía. Logró ser incorporado al Real Colegio de Cirujanos de Londres. En 1819 se mudó a Puerto Rico a ejercer su profesión. En la isla estuvo hasta 1825, año en que regresa al país a impartir la asignatura de Cirugía en la Universidad de Caracas. Una vez designado rector por Bolívar, emergieron sus facultades administrativas y organizó la casa de estudios con criterios sensatos que le fueron valiendo su altísima respetabilidad. Era un hombre estructurado y formado, con voluntad de trabajo, reciedumbre moral e inteligencia. Todas estas virtudes eran, y son, escasas.

Fue el albacea testamentario de Bolívar, así como integrante del Congreso Constituyente de la República de Venezuela, en 1830. Sus ejecutorias condujeron a muchos a pensar que era la persona indicada para suceder al general Páez en la Presidencia para el período 1835-1839. Ganó las elecciones al candidato oficialista, el general Soublette y, la verdad, tanto Páez como Soublette reconocieron su victoria sin mezquindades, como los militares civilistas que fueron. Al año estalló la llamada “Revolución de las Reformas” que lo aventó del cargo. Se exilia en Saint Thomas hasta que Páez controla la situación y lo hace regresar para que asuma el mando, pero en 1836 renuncia irrevocablemente a la Presidencia de la República por desencuentros con Páez. Vargas exigía el peso de la ley contra los que violaron la Constitución Nacional y lo destituyeron; Páez abogaba por el indulto. Renunciar al poder en Venezuela es algo que sólo lo han hecho los grandes hombres, y me sobran dedos de una mano para contarlos. Antes que el mando, para el doctor Vargas, estaba la dignidad.

Al parecer, el actual gobernador de la entidad que lleva por denominación su apellido, ha propuesto cambiarla por el de Gual y España. No dudo de la importancia histórica de estos dos precursores y mártires de la independencia venezolana. Más aún, quien escribe es pariente de José María España, pero sería un agravio a la memoria de Vargas el cambio de denominación del estado. Un agravio injustificado para un médico y científico de primer orden, para un hombre público de virtudes señaladas, para el primer civil que presidió la República después de la separación de Colombia la Grande. Qué habría dicho Bolívar de esta proposición agraviante, cuando lo distinguió como a pocos. Además, fue Vargas el designado por la República de Venezuela para traer los restos del Libertador de Santa Marta a Caracas, en 1842. Entonces, el albacea pronunció un discurso en La Guaira, mientras Páez ofreció otro en Caracas. Corrían otros tiempos, no cabe duda.

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