Alimentos genéticamente modificados

Enero 26, 2008

Dr. Carlos Machado Allison

Aunque de hecho la gran mayoría de los alimentos que consumimos proceden de plantas y animales genéticamente modificados, la atención mundial se centra en un nuevo grupo donde los cambios han sido determinados por la ingeniería genética moderna. Regresando a la primera aseveración, resulta conveniente recordar que desde la revolución del Neolítico, hace 10.000 años, el hombre ha seleccionado plantas y animales en forma continua hasta darles su conformación genética actual. Los precursores naturales del maíz, trigo, papa, tomate, ganado vacuno, porcino y casi cualquiera de los productos que consideramos "naturales", proceden de la selección artificial, como las razas de perros o caballos, es decir, son genéticamente diferentes de sus ancestros de diez milenios atrás. 

Genes incorporados 

Lo que las tecnologías actuales están haciendo es acelerar el proceso de modificación genética a través de la incorporación de genes procedentes de otros organismos. Así, en un lapso mucho más breve se puede obtener una planta o un animal con propiedades deseables, bien por hacer su producción más barata, bien por lograr un producto con ciertas características deseables. No son muchas las plantas o animales genéticamente modificados que ya se encuentran en el mercado, pero la producción de algunos está creciendo con rapidez. Las primeras plantas genéticamente modificadas para uso comercial se sembraron en 1995 y las modificaciones empleadas fueron llamadas Bt y Ht por ser resistentes al ataque de algunos insectos o a los efectos de ciertos herbicidas. Las plantas Bt (maíz y algodón) han recibido material genético de una bacteria, Bacillus thuringiensis, que es letal para los insectos pero no es nociva para los vertebrados, lo que obviamente incluye al hombre. Las Ht (soya, canola y algodón) le otorgan a las plantas resistencia a ciertos herbicidas y en ambos casos la gran ventaja comercial es la reducción en los costos de producción así como importante abatimiento en el empleo de substancias químicas e insecticidas lo cual tiene indudables virtudes desde el punto de vista ambiental. 

El empleo de estas plantas en el año 2005 determinó una reducción de 224 millones de kg de biocidas y un abatimiento de las emisiones de dióxido de carbono equivalente a 962 millones de kilogramos. 

Una década después del inicio de éste proceso (ISAAA, 2006) 87,5 millones de hectáreas se encuentran sembradas con estos productos y el 60% corresponde a la soya tolerante a herbicidas, fuente de aceite y otros productos de consumo humano. El valor de mercado de esos productos aumentó de 115 millones de US$ en 1996 a cerca de 5 mil millones en el año 2005 con un crecimiento interanual impresionante.  

La adopción de estos nuevos productos no ha sido simétrica y adelante han saltado los Estados Unidos de Norteamérica con más de 50 millones de hectáreas sembradas (59% del total) seguidos por Argentina (20%), Canadá (6%), Brasil (6%), China (5%), Paraguay (2%), India (1%) y África del Sur (1%). Luego con una participación inferior al 1% al total mundial, se encuentran Uruguay, Australia, Rumania, México, España, Filipinas, Colombia, Honduras y Alemania. Pero estas cifras (año 2004) están cambiando con rapidez y para el 2005, por ejemplo, Brasil ya poseía el 10% del área al pasar de 5 a 9 millones de hectáreas en un solo año al liberalizarse la política oficial que restringía el empleo de soya genéticamente modificada. De este modo para el año pasado el 99% de la soya plantada en Argentina, el 92% de la sembrada en los Estados Unidos de Norteamérica y el 40% de la correspondiente a Brasil era genéticamente modificada y en esa misma proporción el aceite exportado por esos países. Así, si usted vive en Venezuela, donde no hay aún cultivos transgénicos, con toda certeza ya los probó ya que casi todo el aceite de soya que importamos procede de plantas genéticamente modificadas. 

La adopción de estas nuevas tecnologías ha sido afectada por varios factores. Entre ellos el origen y disponibilidad (principalmente han sido empresas norteamericanas), las condiciones climáticas para producir soya, maíz, algodón y canola, la legislación de cada país, la importancia de la opinión pública y las decisiones gubernamentales. La legislación influye en dos direcciones, una es la correspondiente a la autorización de uso y la otra la existencia o carencia de derechos de propiedad industrial. Pronto estarán disponibles otros productos, uno de ellos, muy importante en algunos países, que será el arroz transgénico, y naturalmente China, India y Viet-Nam, tienen gran interés y efectúan importantes inversiones. 

En el caso de la producción animal el progreso ha sido más lento. Es más difícil la manipulación genética en animales que en plantas y también mayor la oposición a que estas tecnologías se difundan. En efecto, las consideraciones de naturaleza ética ganan fuerza en la misma medida en que la manipulación genética involucra a los mamíferos, grupo al cual pertenece la especie humana y con ella también el temor de que estos nuevos productos puedan ser nocivos para los humanos, otros animales o plantas, o bien que puedan causar desarreglos ecológicos de algún tipo.  

Riesgo es evidentemente un factor de primer orden asociado a toda nueva tecnología y sobre el tema existe una amplia literatura, miles de estudios y posiciones tomadas. Estas van desde las rebeliones de los guilds o gremios europeos ante las primeras tecnologías de la revolución industrial, pasan por las preocupaciones que acompañaron a los supuestos efectos nocivos que podrían acompañar a los ferrocarriles del primer tercio del siglo XIX cuando se aseguraba que viajar a más de 30 kilómetros por hora podría generar graves daños físicos a las personas y naturalmente se agudizaron, por muy buenas razones, con las tecnologías bélicas del siglo XX. El control social sobre la tecnología, los aspectos éticos, las alternativas, los cuestionamientos, aspectos relacionados a la inequidad, la guerra, género, privacidad y otros, son temas vivos y sensibles, extremadamente importantes para el futuro de la humanidad y el planeta. (Para profundizar en estos temas ver la compilación periódica: Technology and the Future, A.H. Teich ed., American Association for the Advancement of Science, Bedford/St. Martin Press). 

¿Cuál es el riesgo actual y conocido vinculado al empleo de organismos genéticamente modificados? Pues de muy bajo a inexistente, de acuerdo a los estudios realizados. En efecto no se libera al comercio un nuevo organismo de éste tipo sin efectuar primero los estudios requeridos y cumplir con los protocolos establecidos por los gobiernos. Así, la FDA (Food & Drug Administration) de los Estados Unidos de Norteamérica, que junto a organismos similares de Europa constituyen las agencias con más prestigio y mejor dotadas científica y técnicamente para tomar decisiones en el mundo, así como agencias ambientales y de otro tipo, no han encontrado razones para impedir el uso comercial de las plantas Bt y Ht antes mencionadas. Más aún, es bien probable que el lector de estas líneas ya haya ingerido maíz o aceite, o productos elaborados que los incluyan, procedentes de estas plantas. El pronóstico es que en la próxima década buena parte de la soya y el maíz que se produzca en el mundo estará genéticamente modificado. 

Clonación 

La clonación es otro método de ingeniería genética en la cual en lugar de introducir material genético de otro organismo se intenta efectuar una réplica, más o menos idéntica, a partir de un solo individuo. En éste caso el objetivo, en lo que a producción animal y alimentos concierne, es reproducir ciertas características deseables – por ejemplo capacidad para producir leche – de un animal que para ese rasgo es notable en comparación con otros. Sus clones deberán poseer ese rasgo y por consiguiente hay una ventaja económica ya que todos serán excelentes productores. Claro está que la ventaja económica radicará en el costo de mantener ese clon, si ese costo es igual al de otras vacas y produce el doble de la cantidad de leche, será un producto atractivo. Si por el contrario el clon demanda cuidados especiales y costos elevados, pues no tendrá mayor éxito. 

Entre las preocupaciones de carácter ético se encuentra desde luego el empleo de estas tecnologías en seres humanos, en sus células o tejidos. Aquí es bien importante distinguir, al margen de las consideraciones éticas o religiosas del lector, entre la obtención a través de la clonación de cierto productos o células de uso terapéutico y la clonación de individuos. Es obvia la diferencia entre clonar células para producir insulina o intentar replicar a un ser humano, también es obvia la diferencia económica. Existe un gran interés, por la eventual comercialización de los productos destinados a mejorar la calidad de vida, o a salvar vidas, e incluso al abaratamiento del costo de los mismos, pero muy poco en la clonación de individuos.  

El desarrollo tecnológico es muy costoso y son necesarias inversiones multimillonarias y años de trabajo para lograr algún resultado. Así las razones económicas fortalecen las consideraciones éticas ya que ¿quién tendrá interés en invertir cientos de millones de dólares para tener un clon personal? Además el desestímulo será enorme cuando se entere que aún estando la totalidad de sus genes se ese clon, el mismo pasará por experiencias de vida muy diferentes y por consiguiente será un ser humano intelectualmente muy distinto. Al final, los investigadores y empresas involucradas en estos asuntos difícilmente se embarcarán en atender demandas individuales y no es difícil pensar en el desarrollo de leyes y convenios, nacionales e internacionales, que regulen, como lo están haciendo, estos asuntos.

En enero de 2008 un artículo publicado por la prestigiosa revista The Economist (Son of Frankenfood? http:www.economist.com/displaystory.cfm?story_id=105344084) sintetiza la situación actual con respecto a los productos de origen animal derivados de clonación (carne y leche). En primer lugar tanto la FDA, como su análoga europea, la EFSA, han llegado a la conclusión que no existe ningún riesgo en la ingestión de carne o leche producto de los descendientes de animales clonados y además se hace nítido que no se emplearán comercialmente los clones, sino sus descendientes o los productos de éstos. Es decir que se clonan animales, es decir se obtienen réplicas casi idénticas, que poseen las características más deseables (calidad, sabor, etc.) y luego de éstas réplicas se obtendrán los productos sin la incorporación de material genético procedente de otros organismos.

Imposible, verdad, jamás y otros términos radicales usualmente son descartados en el lenguaje científico. Muy particularmente cuando nos referimos a las cosas vivas y su enrome complejidad, o a los aún más complejos ecosistemas. De allí que siempre deberá existir cautela y más investigación, hasta que la probabilidad de error sea mínima. También existirá siempre la probabilidad de utilizar cualquier tecnología para un fin indebido y la historia está llena de ejemplos. Los teléfonos celulares no fueron inventados para activar explosivos o para que narcotraficantes o terroristas los empleen, tampoco las indagaciones preliminares sobre la estructura de la materia tenían como meta la construcción de bombas atómicas. El control social sobre la tecnología es importante, tanto como la difusión de valores y el establecimiento de códigos de ética.

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