Como es imposible negar su progreso tecnológico avanzado, es frecuente criticar con indudables fundamentos- aspectos en los que hay evidentes fallas y defectos en el sistema de cobertura de la salud pública norteamericano. Lo lamentable es cuando se llega al extremo de una absurda y contraproducente paranoia, haciendo uso de una inventiva pueril para justificar y avalar posiciones y acciones rayanas en la ridiculez.Para explicar, con un ejemplo contundente, a lo que me refiero, recuerdo haber recibido una carta de un distinguido docente e investigador norteamericano (ha debido ser a fines de 1979 ó comienzos de 1980) dándome una somera explicación del hallazgo en la ciudad de San Francisco de una nueva variedad del sarcoma hemorrágico de Kaposi (demostrado histopatológicamente) en homosexuales jóvenes y promíscuos, adelantando la hipótesis de que podí tratarse de una enfermedad nueva, contagiosa, tal vez producida por un virus, y el objeto de esa comunicación además de alertarme acerca del problema era él de informarse si habímos observado algo parecido en Venezuela. De inmediato le contestí? negativamente (no habí visto ningún caso semejante), pero tomando en cuenta la importancia de la comunicación y su autor, hice tres copias de la misiva y la envié al Ministro de Sanidad y Asistencia Social, al Presidente de la Academia Nacional de Medicina y al Presidente de la Sociedad Venezolana de Dermatologí.
Como era de esperarse no recibí contestación alguna, pero pocos dís más tarde leí en uno de los diarios de mayor circulación de Caracas, información acerca de una rueda de prensa de los epidemiólogos, donde afirmaban, palabras más, palabras menos, que habí llegado a su atención (probablemente una de las copias de la carta que hice circular) una información referente a una supuesta nueva enfermedad inventada por los norteamericanos, seguramente con el propósito de distraer la atención de los países subdesarrollados en sus verdaderos problemas de salud pública. Como es fácil colegir, lo que el colega norteamericano habí informado era el inicio de la gran pandemia del siglo, el SIDA, y no se trataba de una invención imperialista para perjudicarnos.
Afortunadamente al menos en este caso particular- no hubo perjuicio evidente a la población por este enfoque sesgado de la realidad, pero sí? me dejó muy preocupado porque poní una vez más en evidencia el eterno complejo que llega a esos extremos de imaginar conspiraciones en el terreno de la salud colectiva.