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¡Hablar con la mente ya es posible!

Incapaz de mover ninguna parte de su cuerpo salvo los ojos, dependiente de una máquina de respiración asistida para subsistir y en silencio. Así vivía hasta hace poco Hanneke de Brujine, una paciente holandesa de ELA, la terrible enfermedad neurodegenerativa que paraliza todos los músculos dejando intacta la mente. Mermada de muchas facultades –había perdido la capacidad del habla, la movilidad y necesitaba un ventilador mecánico para respirar– se presentó voluntaria a un estudio del neurocientífico Nick Ramseyque consistía en controlar un teclado con la cabeza.

Los resultados de este experimento, publicados en la revista New England Journal of Medicine, son esperanzadores. De Brujine ya habla con sus tres hijos usando un implante cerebral que, de momento, le permite teclear con la mente dos letras por minuto. Si el sistema supera el estudio piloto, podría perfeccionarse y ayudar a la comunicación de otros pacientes totalmente paralizados por accidentes o tumores.

Puestos a soñar, ¿y si llegamos a dar el salto de este logro a la telepatía, es decir, la comunicación de cerebro a cerebro, y no de cerebro a pantalla? Puede parecer una ambiciosa utopía o una imaginativa forma de intercambio de mensajes más propia de los personajes azules de Avatar,  que del mundo real. Pero lo cierto es que está cada vez más cerca de materializarse.

Sobre todo después de que, en 2013, un humano se colocó un casco de electroencefalografía y mandó al cerebro de una rata la orden: «Mueve la cola». Era el primer caso de telepatía entre especies, que demostraba que una persona puede controlar los movimientos corporales de otro ser vivo con su pensamiento.

Aunque sin duda el campanazo más sonado lo dieron el físico barcelonés Giulio Ruffini y su equipo de Starlab y Neuroelectrics cuando, en 2014, lograron que una persona situada en la India y otra sentada frente a un ordenador en Francia se saludaran con un «hola» telepático a través de internet. Con una venda en los ojos y tapones para los oídos, uno de los telépatas pudo saber lo que estaba pensando su compañero a miles de kilómetros de distancia.

Eso sí, con un retraso de una hora. Cuesta imaginar la emoción de aquellos pioneros comunicándose sin teclear ni mediar palabra nada menos que a 7.800 kilómetros de distancia.

«Aquel día demostramos que es posible transmitir información de un cerebro a otro directamente, sin mediación del sistema nervioso periférico», recuerda en declaraciones a papel Ruffini. Como en el caso de Hanneke de Brujine este experimento puede suponer una vía de investigación para que las víctimas de accidentes cerebrovasculares o parapléjicos mejoren su capacidad de comunicación.

FuenteEl Mundo

 

 

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